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En Venezuela es cada vez más común ver intercambios del tipo una baguette por estacionamiento.

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El encargado de un lote, donde se recibe solo efectivo, tenía algunos billetes, pero no tenía posibilidad de dejar su puesto durante los fugaces momentos en que la panadería cercana ponía a la venta su pan favorito. El trato: dejó estacionar a un automovilista que más tarde volvió con un pan extra, adquirido con tarjeta de débito.

En una economía colapsada, si alguien tiene muchas cosas de algo y muy poco de otras, se puede hacer un arreglo. Hay quien intercambia harina de maíz por arroz con amigos de la escuela secundaria, o huevos por aceite de cocina con su cuñada.

Los vendedores ambulantes también intercambian, por ejemplo, un kilo de azúcar como pago por uno de harina. Hay páginas de Facebook y grupos de chat dedicados a la capacidad de intercambio de todo, desde pasta de dientes hasta fórmula para bebés.

Un barbero en el campo corta pelo por yuca, plátanos o huevos. Los conductores de mototaxis lo llevarán a uno donde necesite ir por un cartón de cigarrillos. Los dueños de un restaurante mexicano ofrecen un plato de burritos, enchiladas, tamal y tacos a cambio de algunos paquetes de servilletas de papel.

Actuar con ese tipo de confianza era algo inaudito hace solo unos años. La caridad también es algo nuevo. Ahora los padres de familia en las escuelas recogen ropa para quien lo necesite y los vecinos reúnen juguetes para un hospital infantil.

En la mayoría de los casos la motivación es la necesidad, incluso la desesperación.