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Cuando una pareja tiene un encuentro sexual, en el reparto, el hombre suele ser un actor silencioso y la mujer tremendamente escandalosa. Entre suspiros, gemidos y gritos parecería que la parte femenina es esencial para que ese momento sea placentero; sin embargo, hay quienes son tan efusivos que sonrojan hasta a la persona más recatada del planeta.

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De hecho, una de esas personas a las que le molestaban un poco los “sonidos del amor” fue Marcel Proust, quien en una ocasión, escribió una carta en la que se quejaba con mucho humor de la actividad sexual de sus vecinos, de la cual se declaraba celoso. ¿Cómo se sabe este detalle del escritor francés? Por un manuscrito que fue subastado por la casa Drouot dentro de un lote de más de 300 libros.

La misiva estaba en poder de un banquero retirado, Jean A.Bonna, y el precio estimado oscilaba entre seis y ocho mil euros, pero finalmente se vendió en 28 mil 336 euros.

Fechado en julio de 1919 y dirigido a su amigo Jacques Porel, Proust declaraba en ese texto “envidiar” a quienes “pueden gritar de tal modo”, al grado tal que la primera vez que les escuchó pensó “en un asesinato”.

“Pero rápidamente el grito de la mujer, una octava más bajo que el del hombre, me tranquilizó respecto a lo que ocurría”, explicaba el autor de “En busca del tiempo perdido”, que en aquella época vivía en un apartamento alquilado a la actriz Gabrielle Réjane, la madre de Porel.