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Uno de los derechos que todo ser humano tiene, si no el más importante, es el derecho a la vida, pero cuando ésta se ve gravemente afectada y llevan a las personas a verse en una situación de cuidados intensivos, de la cual no se sabe si saldrá bien o si su existencia dependerá en el futuro de medios artificiales, surgen dilemas sobre si este tipo de circunstancias son las adecuadas para cuidar la vida o prolongar la agonía a algo que irremediablemente sucederá en un corto o largo plazo.

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Finalmente la muerte es algo que tarde o temprano llegará porque sencillamente es el precio que pagamos por haber vivido; sin embargo, cuando pensamos en la hora de morir, lo único que queremos es cumplir nuestros últimos deseos, como ver a la personas que más amamos o bien disfrutar por última vez nuestro platillo favorito.

Fumarse un cigarro y tomar una copa de vino era todo lo que Carsten Flemming Hansen, de 75 años, quería para despedirse de este mundo. El anciano ingresó la pasada semana en el Hospital Universitario de Aarhus, en Dinamarca, con un aneurisma de aorta abdominal que requería una intervención urgente, pero su avanzada edad y el estado de la arteria imposibilitaron la cirugía.

El centro hospitalario le comunicó la noticia y el pronóstico de los médicos no fue nada bueno. Era cuestión de horas o días que muriera de una hemorragia interna. Por ello, Hansen pidió que se le concediera un último deseo: fumar un cigarrillo mentolado y beber una copa de vino.

El reglamento del sanatorio prohíbe fumar en hospitales, pero el centro de salud decidió hacer una excepción y llevó su cama hasta un balcón, donde además del cigarro y el vino, pudo disfrutar de la puesta de sol junto a su familia, imagen que fue subida en el perfil de Facebook.