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Magnate de la prensa estadounidense, Joseph Pulitzer es considerado un pionero del “infotainment”, esa mezcla de información y entretenimiento en la que los periódicos no han dejado de profundizar desde su conocida competencia con William Randolph Hearst que originó la llamada prensa amarilla.

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Nacido el 10 de abril de 1847 en Hungría, Pulitzer emigró con 17 años a Estados Unidos sin un centavo en los bolsillos y sin saber una palabra de inglés. Nada más llegar a suelo americano se alistó en el ejército, combatiendo en sus filas durante la Guerra de Secesión.

Cuatro años después, concluida la contienda, se trasladó a vivir a San Luis, Missouri, el lugar en el que Pulitzer comenzó su trabajo como periodista en el Westliche Post, un diario en alemán, y años más tarde, se hizo con el St. Louis Dispatch, el cual tras fundirse vuelve a surgir bajo el nombre de St. Louis Post-Dispatch.

Esta publicación se convirtió en un verdadero éxito, por lo que Pulitzer decidió conquistar nuevos mercados en la ciudad de Nueva York, donde compró el diario matutino The World. A éste se le uniría una edición vespertina llamada The Evening World. Como director de ambos periódicos, introdujo numerosas innovaciones, como las tiras cómicas, la cobertura permanente de acontecimientos deportivos y suplementos especiales de ocio y moda.

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Algo que distinguió a The World fue que los temas oscilaban entre el más grosero sensacionalismo y el periodismo de investigación, centrado sobre todo en la denuncia de la corrupción política, aunque siempre al servicio de las propias simpatías de Pulitzer, claramente alineadas con el Partido Demócrata.

En ese tiempo, la competencia más cerca con The World era el Journal de William Randolph Hearst, desatando una verdadera lucha por la cobertura antes y después de la guerra hispano-estadounidense, que no fue más que una creación producto de buscar una historia más amarilla, escandalosa y falta de veracidad, con el objeto de atraer más público. De ahí se originó la acuñación del término “prensa amarilla”.

En 1890, diversos problemas de salud lo llevaron a delegar la dirección de sus publicaciones, aunque nunca dejó de supervisar de cerca los contenidos. Al morir, Joseph Pulitzer dejó establecido en su testamento que con gran parte de su fortuna fuera creada la Escuela de Periodismo de Columbia y los prestigiosos galardones que llevan su nombre.