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Es una escena muy común. Agarramos una botella de vino, llenamos una copa, pero cuando enderezamos de nuevo la botella, una gota traicionera se queda fuera, cayendo al mantel o dejando un rastro a lo largo del vidrio.

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Si hacemos memoria, seguramente no habremos perdido la cuenta de cuántas servilletas o manteles hemos arruinado con esta sencilla acción, que hasta el sommelier más experimentado no ha podido evitar; sin embargo, un biofísico de la Universidad de Brandeis, en Massachusetts, utilizó su conocimiento para crear una botella sin goteo, una solución que tiene solo dos milímetros.

Daniel Perlman, un físico aficionado al vino, estuvo estudiando tres años el problema de las gotas que se deslizan desde el pico por el cristal de la botella y caen sobre la mesa o la ropa de quien sirve.

El investigador llegó a la conclusión de que el goteo era más intenso cuando se servía desde botellas llenas. También notó que el flujo de vino tendía a curvarse hacia los bordes del pico y caer por los costados de la botella debido a que el vidrio es hidrófilo, es decir, que atrae el líquido.

Junto con el ingeniero Greg Widberg, Perlman creó una ranura circular de dos milímetros de ancho y uno de profundidad en el cuello de la botella. Esta pequeña innovación impidió que las gotas descendieran del pico.

Los actuales diseños de botellas de vino datan de principios del siglo XIX y no han cambiado mucho desde entonces. Cerca de 200 años de goteos y manchas pueden llegar a su fin y ya Perlman está hablando con los fabricantes de botellas sobre la adopción de su diseño.