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Una de las relaciones más importantes que se establecen en el entorno laboral son las de los empleados con sus superiores. Este tipo de relaciones pueden generar el ambiente y la motivación necesaria para el desempeño positivo del trabajo.

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Al llegar a una empresa, las personas suelen fijarse en el ambiente laboral y en el trato que brinda el superior a su equipo. Lo primero es esencial para tener una buena integración en la organización y lo segundo dará pautas de cómo enfrentar los requerimientos de la jefatura y ganar su confianza.

Aunque para algunos la idea de acercarse demasiado al jefe puede ser vista como una mala práctica, lo cierto es que los expertos en recursos humanos señalan que mantener relaciones saludables, proactivas y eficientes con quienes ostentan cargos de mayor responsabilidad es recomendable para ir definiendo lo que será el futuro profesional.

En la relación con nuestro superior inmediato, no importa la definición universal de lo que está bien y lo que está mal en términos de trato, lo que importa en realidad es lo que cada persona percibe del otro, es por eso que es de suma importancia estar atentos a las reacciones y emociones de los que nos rodean al momento de relacionarnos con ellos.

Cierto es que cualquier exceso es malo y que no podemos ser desalmados con nuestros subordinados ni tampoco ser demasiado empáticos con ellos. Al tener un jefe que normalmente no habla sino grita y del que el empleado no escucha decir su nombre si no es para recibir un regaño, se puede caer fácilmente en la desmotivación. En el lado opuesto, si el jefe es demasiado suave se puede caer en la anarquía y en la falta de liderazgo; cuando algo vaya mal existirá el sentimiento de que nadie está a cargo en realidad.

Muchos nos hemos topado con jefes que de tan suaves parecen estar ausentes y otros que de tan duros parecen ser capataces. Lo importante como subordinado es saber detectar su estilo desde el inicio de la relación y como jefe ser receptivo ante las señales que invariablemente el equipo envía; ya sea baja productividad, rumores, ambiente laboral tenso, etc.

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Del estilo de cada persona dependerá mucho el tipo de comunicación que podemos entablar; en esto influyen un gran número de factores, como pueden ser la formación académica, la edad, el nivel socioeconómico, etc. Por poner un ejemplo, no sería lo mismo el estilo que utilizaríamos como jefes para dirigirnos a nuestro equipo de trabajo si estos fueran en su mayoría jóvenes de 20 a 25 años cursando una licenciatura o recién egresados, que si nuestro equipo estuviera conformado por un grupo de abogados con veinte años de experiencia en el ámbito laboral.

Si logramos que los integrantes de nuestro equipo se sientan identificados e integrados, las formas de comunicación estarán dotadas de confianza y camaradería, siempre procurando no caer en lo ordinario y en la falta de respeto, pero si como subordinado, ya se está inmerso en una situación en la que el jefe es inflexible e incluso, grosero en sus tratos, es necesario echar mano de nuestras mejores dotes de autocontrol.

En definitiva, lo que no se debe permitir de ninguna manera por ambas partes es la falta de respeto y sobajar la dignidad de la persona, ya que en el momento en el que esto sucede por primera vez sin consecuencia alguna, probablemente se hará costumbre y se seguirá por el mismo camino.

Por otra parte, si el empleado no está haciendo bien su trabajo, es siempre necesario que el jefe, como líder del equipo que debe ser, dé retroalimentación sobre el hecho para procurar enmendar los errores y cubrir las áreas de oportunidad. Si esto no sucede, el empleado trabajará sin sentido alguno y sentirá que ni sus aciertos ni sus errores tienen consecuencia alguna y que su trabajo no hace la diferencia.

Para dar un trato con el que los demás se sientan cómodos a nuestro alrededor, ya sea como jefes o subordinados es necesario ser receptivos y estar abiertos a lo que nuestros ojos, nuestros oídos y nuestra intuición nos dictan.