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Una de las figuras más originales del arte del siglo XIX fue Henri de Toulouse-Lautrec, quien nació en el seno de una familia aristocrática y tuvo una infancia y una adolescencia felices, dedicadas en buena medida a la práctica del deporte.

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En la actividad lúdica sufrió dos caídas graves que le atrofiaron los miembros inferiores y le impidieron alcanzar una estatura normal. Medía aproximadamente metro y medio de estatura y tenía una cabeza desproporcionadamente grande, lo cual le daba un aspecto deforme, pero llevó su condición física con estoicismo y su deformidad no le impidió relacionarse y mantener una vida social normal.

Comenzó a dibujar en la infancia y posteriormente se formó en academias como la de Bonnat y Cormon. En 1885 abrió un taller en Montmartre y desde entonces se dedicó a la creación pictórica, integrándose plenamente en el ambiente artístico parisino que en aquella época buscaba por diversos medios la superación del impresionismo.

Se relacionó con creadores como Van Gogh, Pierre Bonnard y Paul Gauguin, de este último tomó algunos rasgos estilísticos, como el uso de los contornos pronunciados, pero las obras que más influyeron en su peculiar estilo fueron las de Degas.

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Hombre muy responsable de su trabajo, acudía puntualmente al taller o al estudio todas las mañanas, lo cual no le impidió llevar una vida disoluta, en el ambiente bohemio de Montmartre, donde frecuentó cafés cantantes, teatros, prostíbulos y salas de baile. De hecho, estos ambientes constituyen lo más peculiar de su creación artística, en la que bailarinas de can-can y personajes de circo son los protagonistas más entrañables.

Además de cuadros llenos de vivacidad y movimiento, realizó innumerables apuntes y dibujos rápidos, así como unos treinta carteles publicitarios de cabarets y productos comerciales. Para los carteles, Toulouse-Lautrec creó un tipo de figura estilizada y adoptó unas tonalidades que ejercieron una influencia profunda y duradera en posteriores realizaciones de este tipo.

A merced de su adicción al alcohol y tras un sinfín de visitas a diversas clínicas a causa de su sífilis y de varios episodios de neurosis y algún intento de suicidio, Henri de Toulouse Lautrec murió a los 36 años tras sufrir una parálisis el 9 de septiembre de 1901.