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La familia es la base de la sociedad, es el núcleo donde se constituye la formación de la personalidad de cada uno de sus miembros y es el pilar sobre el cual se fundamenta el desarrollo psicológico, social y físico del ser humano.

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En Latinoamérica, hablar de la familia no se refiere solamente a madre, padre y hermanos; este concepto se extiende a abuelos, tíos y primos, con quienes es muy común reunirse para eventos tipo nacimientos, bodas y acontecimientos similares, incluso funerales.

Sin embargo, la familia no es un modelo estático y ha ido evolucionando su estructura; de hecho, su composición no es igual en todas las culturas y los tiempos, y aunque en nuestro país, el modelo tradicional de familia prevalece, también comienza a haber un crecimiento en otras composiciones como las familias de parejas jóvenes sin hijos, reconstruidas, unipersonales, monoparentales y, por supuesto, las homoparentales.

Independientemente de lo que signifique la familia para nosotros, para la sociedad y por la época que nos toca vivir, en estos días, ha comenzado a hacerse fuerte una convocatoria que gira en torno a esta figura.

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Una serie de acontecimientos en torno al debate sobre el matrimonio igualitario obliga a retomar el tema, al acercarse el día en que se ha convocado a una marcha a favor de la familia, organizada por el Frente Nacional por la Familia (FNF), que agrupa a muchas organizaciones a nivel nacional y está respaldado por un sector conservador de la sociedad, en contra de la iniciativa del presidente Enrique Peña Nieto para darle constitucionalidad a las uniones entre personas del mismo sexo, la cual se firmó en mayo de este año.

Se ha dicho que la marcha y las acciones son organizadas por la Iglesia Católica junto con otras organizaciones religiosas, otras que tienen respaldo del Partido Encuentro Social, pero al momento, no están muy claros estos datos y hay miembros de estas instituciones que han salido a deslindarse; lo que es cierto es que hay ciudadanos que sí han mostrado su apoyo y que saldrán a marchar, independientemente de que sean católicos, evangélicos, ateos o de cualquier otra religión.

Retomando un poco lo escrito el pasado 18 de mayo, a propósito de la firma de la iniciativa del Ejecutivo Federal sobre el matrimonio igualitario, el tema central de este debate es complejo, pero el contexto actual no debe ser un impedimento para concretar avances legales a favor de grupos que buscan un reconocimiento jurídico, pero sobre todo, de igualdad en una democracia.

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En todo el mundo persisten las conductas de rechazo a la diversidad sexual por parte de las sociedades y México no es la excepción. Actualmente, la homosexualidad no es el problema, la homofobia sí lo es, pues se basa en un conjunto de estigmas, prejuicios, estereotipos enraizados y tabúes aceptados acríticamente y que tiene consecuencias.

En el México actual, no hay nadie que ponga en duda que el gran reto en el restablecimiento del tejido social de este país pasa por recuperar a la célula familiar, pero no se trata de una cuestión moral sino sociológica. El problema comienza cuando queremos definir eso que se ha nombrado como “amenazas a la familia”.

Si de verdad nos preocupa este tema, la marcha tendría que ser para exigir reformas laborales que apoyen a las madres solteras, para pedir que las empresas hagan su parte, para que la ciudad sea más segura y más amable con los niños, para que las guarderías sean un derecho real y no una promesa de campaña, y para que los hombres asuman responsabilidad en la formación de la familia.

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Es indispensable comprender mejor el fenómeno de los diversos modelos de familia y descifrar cómo ha influido en la construcción histórica de nuestra sociedad. Identificar qué hace imposibles las relaciones interpersonales basadas en el respeto, la igualdad y el reconocimiento mutuo. Enfocar los esfuerzos para revertir lo más pronto posible la exclusión y la cultura social de rechazo y obstaculización en el ejercicio de derechos para la diversidad, pero principalmente, pensar que debemos terminar con la violencia y la discriminación que todos los días viven aquellos que consideramos diferentes.

Es cierto, hay que defender a las familias, pero no de los libros de texto o de las “perversidades” que muchas veces, son en los lugares menos imaginados donde se viven; las verdaderas amenazas son aquellas que están condenando a millones de niños y jóvenes a vivir una vida que no les toca y no merecen.

Es fundamental que, como sociedad y gobierno, flexibilicemos nuestras posturas rígidas en tiempos donde la transformación de las relaciones humanas ha llevado a diversas formas de uniones. Necesitamos seguir avanzando en el respeto de los derechos de todos los seres humanos de este país, pues en la diversidad se debe hacer efectiva la igualdad. La única posibilidad para que México viva una verdadera democracia es el respeto irrestricto a la libre determinación de las personas.

 

Ana E. Martínez-Gracida Núñez

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva de los autores y no representan necesariamente la posición oficial de Urban360.