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Millones de personas lo saben; en Siria hay una guerra civil y el recuerdo, sutil y pasajero, regresó hace unas semanas en forma de fotografía. Fue aquella imagen del pequeño Omran Daqneesh, de cinco años y cubierto de polvo, sentado en una butaca naranja, la que abrió momentáneamente los ojos al mundo.

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Su rostro con manchas de sangre, el pelo desordenado y su mirada perdida y en shock, fueron los ingredientes lamentables que alimentaron la intriga, pero estas crudas imágenes encontraron su génesis hace un año, cuando Aylan Kurdi apareció ahogado en la orilla del mar Mediterráneo.

La fotografía se viralizó rápidamente e impactó a la sociedad mundial, que tomó conciencia sobre el drama que se vive en Siria por el conflicto armado que comenzó hace cinco años y que ha afectado a más del 80 por ciento de los niños del país, según cifras de la UNICEF.

La imagen del cadáver del niño Kurdi flotando frente a una playa turca provocó una gran conmoción. En apenas seis horas se había compartido doce millones de veces en las redes sociales a una velocidad de 53 mil retuits por hora. Y aun así macabro, se volvió trending topic.

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Aylan Kurdi murió antes de los ataques de París de noviembre de 2015; y los de Bruselas, en marzo de este año; mucho antes de que la psicosis colectiva de seguridad empujara a los gobiernos democráticos de la Unión Europea a alcanzar acuerdos indecentes con un país escasamente democrático, con el objetivo de frenar el flujo de refugiados y devolver a muchos de los que lograron entrar en Europa.

Ha pasado un año de esa imagen desgarradora y ahora nos volvemos a conmover con otro niño; Omran, una víctima de Alepo, ciudad reducida a escombros en un conflicto en el que es difícil vislumbrar una fecha para que termine, pero cuya foto parece ser la única manera que hay de mostrarle al mundo lo que allí ocurre, aunque muchas veces éste mire para otro lado.