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El arte está lleno de varias corrientes y una de ellas fue el arte naíf, el cual se caracterizó por la ingenuidad y espontaneidad, el autodidactismo de los artistas, los colores brillantes y contrastados y la perspectiva captada por intuición, lo que nos hace recordar el arte infantil.

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Uno de los exponentes más importantes del arte naíf fue Henri Julien Félix Rousseau, mejor conocido como “El Aduanero”.

Por sus humildes orígenes no pudo recibir una formación artística y no se dedicó a la pintura hasta 1893, por lo que se le considera autodidacta.

Su peculiar pintura figurativa, que combina la ingenuidad formal con la sofisticación temática y compositiva, constituye un caso único en el marco de las experiencias innovadoras de su época.

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Después de unas primeras obras como paisajes y naturalezas muertas, en las que describe minuciosamente la realidad eliminando por completo la perspectiva, Henri Rousseau pasó a colocar sus figuras en un espacio bidimensional de ambiente mítico, como es el caso en “La cabalgata de la desolación”.

Sin embargo, sus obras más interesantes son aquellas que representan un mundo exótico, lleno de visiones oníricas, a menudo ambientadas en la jungla. En esta línea se inscribe sobre todo el famoso cuadro “La encantadora de serpientes”.

Tomada en su conjunto, los temas de la obra de Henri Rousseau van desde los barrios pequeños burgueses de París a las flores, pasando por imágenes de sueños simbólicos y paisajes de fantasía. Sus imaginarios animales y extrañas flores están inspirados en estudios hechos en los jardines botánicos y zoológicos, y posiblemente también por un viaje a México que realizó en su juventud, aunque actualmente se tiende a pensar que tal viaje no es más que una leyenda.

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Los colores de sus cuadros son intensos y elementales, y el dibujo está simplificado hasta el punto de recordar las producciones infantiles.

El interés del público europeo por el arte primitivo de finales del siglo XIX allanó el camino para la pintura ineducada y poética de Rousseau. Su obra halló pleno reconocimiento antes de su muerte, el 2 de septiembre de 1910, y actualmente “El Aduanero” está considerado como uno de los principales representantes de la pintura naif y de las tendencias neoprimitivistas. Sus motivos alegóricos y simbólicos señalan también el camino del surrealismo.