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La Bastilla era una poderosa fortaleza que dominaba los barrios populares del este de París, símbolo de la autoridad arbitraria de la monarquía absoluta.

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En su origen se construyó como una fortificación contra los ingleses durante la Guerra de los Cien Años, pero Richelieu la convirtió en prisión del Estado. Entre sus paredes pasaron algún tiempo personajes famosos como el escritor Voltaire, que escribió allí su tragedia “Edipo”; el marqués de Sade y Diderot, colaborador de “La Enciclopedia”.

La destitución por parte de Luis XVI de su ministro de finanzas, Jacques Necker, desencadenó descontento y una verdadera conmoción social. Todos lloraban la caída del ministro en el que habían depositado sus esperanzas. En boca de todos estaban palabras nuevas como libertad, nación, tercer estado, constitución, ciudadano. Los parisinos comprendieron enseguida que la destitución de Necker era la señal de que el rey quería acabar con la transformación constitucional iniciada dos meses antes, un acto “despótico” contra el que había que reaccionar.

En la ciudad reinaba por entonces un clima de miedo y hasta de paranoia, consecuencia de las malas cosechas, que provocaron graves problemas de subsistencia y que aumentaron la presencia de pobres y mendigos. Por otro lado, el rey estaba preparando una brutal represión, al movilizar las tropas en torno a la capital, con orden de ocuparla o incluso, según algunos, de arrasarla.

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Al despuntar el día del 14 de julio de 1789 se difundió el rumor de que en el Hotel de los Inválidos, un hospital militar al oeste de la ciudad, se habían depositado 30 mil fusiles. El edificio cayó en manos de la muchedumbre, un momento decisivo de la jornada, el instante en el que Luis XVI perdió la batalla por París y por su poder absoluto.

A continuación, miles de hombres se dirigieron a La Bastilla, en el otro extremo de la ciudad, para aprovisionarse de pólvora. Finalmente, se abrieron las puertas y la guarnición se rindió. La rendición fue saludada como una gran victoria, y de inmediato el episodio cristalizó en la mente popular como una gran gesta, adornada con actos heroicos, hasta convertirse en el símbolo del triunfo de la Revolución y del inicio de una nueva era de libertad.

Fue el primer paso hacia la Revolución francesa, que ya no se detendría hasta acabar con la monarquía francesa y conducir al rey Luis XVI, y a su familia, a la guillotina.