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El surgimiento de nuestro país como nación independiente es relativamente muy breve. A través de un poco más de doscientos años hemos tenido grandes y numerosas experiencias en el ámbito político, militar y social; sin embargo, en el ámbito musical, hemos atravesado por algunos cuantos procesos artísticos, sobre todo si tomamos en cuenta que las grandes corrientes tardan muchos años en formarse y desarrollarse.

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México vivió su primer siglo mientras se desarrollaba la época del Romanticismo fundado por Beethoven, pero que alcanzaría pleno auge con Chopin, Schubbert y Mendelssohn. Esta música permeaba entre las clases acomodadas citadinas y entre sus compositores como Juventino Rosas, Felipe Villanueva, Ernesto Elorduy y Ricardo Castro.

En los años que precedieron a la Revolución Mexicana brotaron hombres que desencadenarían el surgimiento del movimiento musical más importante de la primera mitad del siglo XX: el Nacionalismo Mexicano.

Uno de esos compositores fue José Pablo Moncayo. Originario de Guadalajara, cursó estudios en el Conservatorio Nacional, trabajando al mismo tiempo como pianista en cafés y para la radio.

Aunque la composición de Moncayo fue su mayor aportación a la música mexicana, también su trayectoria como director fue de gran importancia aunque haya durado menos de diez años.

Como director de orquesta, su prometedora carrera fue obstaculizada por un ambiente cultural complicado, situaciones políticas adversas y una muerte prematura.

La muerte de Moncayo, sucedida el 16 de junio de 1958, concuerda con el declive del movimiento nacionalista mexicano, que fue resultado de la caída de los ideales de la Revolución mexicana y marcó decisivamente el fin de la escuela de composición nacionalista.

De la misma manera en que su obra sin seguidores sobrepasó y abolió el inocente uso del tema mexicanista, su muerte terminó con la preponderancia de un estilo de composición, cuya huella marcó la creación musical en México por más de tres décadas; aunque solamente al principio de los sesenta sería posible hablar del abandono definitivo del movimiento mexicano, del olvido del tono épico y de la búsqueda de nuevos factores estructurales en la composición.

La obra más famosa de Moncayo sigue siendo su colorida pieza para orquesta “Huapango”, obra inspirada en los sones veracruzanos que estudió durante una visita al puerto de Alvarado y que incluye motivos melódicos y rítmicos de varios sones.

Otras obras como Sinfonietta, “Tierra de Temporal”, “Cumbres” y “Bosques” representan la cúspide del nacionalismo musical mexicano de mediados del siglo XX, aunque su producción también incluye piezas menos conocidas, pero de alta calidad. Dentro de ellas se pueden considerar “Amatzinac para flauta y cuarteto de cuerdas”, “Homenaje a Cervantes para dos oboes y orquesta de cuerdas”; su ópera “La Mulata de Córdoba”; “Muros Verdes para piano” y el ballet “Tierra”.