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Como pasa con todo, hay tendencias que están más a la última moda que otras, pero cuando éstas significan “para toda la vida”, la cosa cambia.

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En los últimos años, hay más gente que tiene, al menos, un tatuaje. Sin duda, éste se ha convertido en el complemento más de moda que siempre persistirá en el cuerpo de quién lo lleve. El problema es que si te lo haces por que sí, en unos años te puedes arrepentir.

Dicen que los tatuajes crean adicción, y que cada vez que te haces uno quieres otro más y más grande. Parece mentira, pero la moda por estas pequeñas obras de arte engancha a la mayoría de la población, y algunos sufren verdaderas adicciones.

Se podría decir que el tatuaje genera un vínculo entre éste y quien lo lleva difícil de explicar, y una vez hecho queramos tener otro. Pequeñas señas de quiénes somos, que nos recuerdan el paso de una época o persona.

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La aplicación del tatuaje, al igual que el piercing, tiene ciertas connotaciones psicológicas, sociales, y emocionales, principalmente en adolescentes y jóvenes. Incluso, para algunos usuarios, esta “costumbre”, puede derivar en una adicción equiparable al consumo de drogas.

La necesidad y la decisión de someterse a una intervención corporal de esta índole tienen estrecha relación con la psique individual y existen ciertas generalidades que describen las causas, pues es una forma de expresar inconformidad, rebeldía, de dilucidar, e ir en contra de lo establecido.

Durante la juventud, el acto de tatuar la piel puede tener implicaciones más profundas; por lo regular, se fundamenta en la conmemoración de algún evento, suceso, o experiencia difícil, a través de una marca en el cuerpo.

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El culto a la imagen y a los complementos decorativos que se llevan en la piel puede ser, hasta cierto punto, una actividad controlada, pero es muy probable que en algunas personas llegue a originarse en una práctica de tipo adictiva.

Cuando el acto se convierte en una patología, el problema hace referencia a un conflicto de identidad. La base de esta recurrencia, se debe básicamente a motivaciones inconscientes patológicas, en donde se observa principalmente trastornos de personalidad, los cuales pueden ser tipo límite u obsesivo; así como problemas de ansiedad, y trastornos psiquiátricos.

En estas personas, lo que sucede es que están tratando de cubrir un vacío, soledad, o una depresión, proyectando una imagen agresiva; incluso, es una necesidad de cambiar su apariencia porque no están conformes con su aspecto, o en la manera de cómo se ven y cómo los demás los ven.

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El “no poder parar” el deseo de tener cada vez mayores tatuajes es un asunto delicado, no sólo se trata de “moda”, representa una alteración emocional, que requiere un tratamiento psicoterapéutico y en algunos casos tratamiento farmacológico; ya que puede desencadenar problemas de salud graves.

Además, quienes realizan esta actividad de forma compulsiva, corren más riesgo de contraer enfermedades como infecciones de diferente índole, como hepatitis o VIH.

Tatuarse la piel no es una decisión de poca importancia; marca la vida y el futuro de los individuos. No es solamente una moda que cada vez integra más jóvenes; tiene que ver con ciertos motivadores internos, con la edad y la madurez emocional y física de la persona.