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Si alguien ha sabido envejecer con dignidad ha sido Clint Eastwood. A lo largo de los años se convirtió en uno de los titanes de Hollywood y ha sabido aprender de los grandes directores con los que ha trabajado para, finalmente, crearse él mismo su propio hueco en este ámbito, en el que ha sabido amoldarse al entorno y no caer en la apatía.

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Nació en plena Gran Depresión, el 31 de mayo de 1930 en San Francisco. Sus padres, Clinton y Margaret Ruth Eastwood se vieron forzados a viajar en busca de trabajo y finalmente se instalarían en Oakland, donde pasó su infancia.

Con limitados recursos económicos y en plena crisis del 29, aprendió rápido algunos oficios para ganarse la vida, como leñador, albañil y obrero metalúrgico, pero en 1954, trató de hacerse un lugar en Hollywood como actor. Pese a su 1.93 metros de estatura, recibió muchas críticas al principio, sobre todo por su rigidez, su estrabismo y por pronunciar sus diálogos entre dientes, características que han sido seña de identidad del actor durante toda su carrera cinematográfica.

Luego de algunas actuaciones secundarias, fue en Italia donde hizo fama y fortuna con los famosos “Spaghetti western”, producciones de bajo presupuesto basadas en el “western” americano realizadas en Europa, en especial en la llamada “Trilogía del dólar” (“Por un puñado de dólares”, “La muerte tenía un precio” y “El bueno, el malo y el feo”, donde interpretó al “Hombre sin nombre”.

En especial, esta última es el “spaghetti western” por excelencia, que lo catapultó al estrellato, ayudándolo a consolidar su imagen. Su carisma, su perfil alto y algo desgarbado y un rostro seco, con una reducida gama de gestos aunque de gran expresividad, le convertirían con el tiempo en uno de los actores más apreciados de Hollywood.

De regreso a los Estados Unidos, Eastwood acrecentó su prestigio a partir de su colaboración con el director Don Siegel, en especial a través del personaje de “Harry Callahan”, un policía con maneras muy particulares, duro, violento, autosuficiente y no desprovisto de cinismo. El primer título de esta serie fue “Harry el Sucio”, filme que le dio el espaldarazo definitivo y del que se rodarían cuatro secuelas.

En el terreno de la interpretación, Eastwood se fue convirtiendo en un actor que entroncaba con la antigua tradición de Hollywood, un artista cuya presencia se hacía sentir en la taquilla y que conseguía dotar de personalidad a las películas.

Todavía en los noventa, más de un título logró un triunfo de público y hasta buenas críticas como consecuencia de la interpretación de Eastwood; tal es el caso de “En la línea de fuego”, en la que encarnaba a un guardaespaldas presidencial a quien los años comienzan a pesarle física y moralmente.

Pero, sabiendo adaptarse a los nuevos gustos de los espectadores, progresivamente se fue situando detrás de la cámara. Como director, Clint Eastwood se ganó poco a poco el respeto de la crítica por su clásico enfoque de la realización y por su capacidad para manejar la acción con fluidez, sin restar por ello profundidad psicológica a los personajes ni fuerza dramática y humana a los conflictos planteados. En ocasiones sumó a su labor de director la de intérprete de sus propios filmes, sin que una actividad ensombreciera a la otra.

Comenzó con “Escalofrío en la noche” pero fue con “Unforgiven” que encontró el reconocimiento del gremio. Retomando el “western”, que para ese entonces estaba muerto, consiguió recuperar y recopilar toda la tradición del mismo y de su propia carrera. Esta cinta le hizo acreedor al Oscar a la mejor película y a la mejor dirección, y consagró a Eastwood como a uno de los más sabios cineastas del momento.

Vendrían “Los puentes de Madison” en 1995, un melodrama que, a pesar de que la historia no parecía muy apta para una adaptación cinematográfica, la habilidad de Eastwood como director la convirtió en un éxito crítico y comercial.

Eastwood volvería estar en la primera plana de la dirección cuando en 2003, “Mystic River” recibió varios premios tanto en los Globos de Oro como en los Oscar, sobre todo para sus actores masculinos, Sean Penn y Tim Robbins.

Al año siguiente llegó a los cines la que quizá es la película más alabada de Clint Eastwood desde “Unforgiven”, “Million Dollar Baby”, un drama sobre el mundo del boxeo en la que el cineasta fue director, productor, compositor de la banda sonora y protagonista, y que tuvo un rotundo éxito de crítica y ganó cuatro premios Óscar, a mejor película, mejor director, mejor actriz y mejor actor secundario.