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Maestro poeta, crítico social cáustico e intrépido espíritu guía de la generación contracultural; a Bob Dylan es difícil encasillarlo en un género musical, pero si como una gran figura influyente del siglo XX.

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El Dylan avejentado de los últimos años tiene poco que ver con el joven flacucho que llegó a Nueva York desde Minnesota en la década de los sesenta; pero los años pasan, incluso para los mitos, y no por ello se deben devaluar las canciones que Dylan ha cantado y continua cantando en los escenarios y en los discos.

Complejo, irascible, lunático, Dylan es una gran personalidad del folk y del rock. Es único, inimitable, irrepetible. Sus letras incorporan una variedad de temas sociales, políticos, filosóficos y literarios que desafiaron la música pop convencional existente y apelaron generalmente a la contracultura emergente en la época. Sus textos podrían ser definidos como verdadera poesía, sobre todo si se comparan con el nivel medio de Ia producción rock.

Dylan amplió y personalizó géneros musicales a lo largo de cinco décadas de carrera musical, en las que exploró la tradición musical estadounidense con el folk, el blues, el country, el góspel, el rock and roll y el rockabilly, así como la música folk inglesa, escocesa e irlandesa, pasando por el jazz y el swing.

Nacido bajo el nombre de Robert Allen Zimmerman, el 24 de mayo de 1941, mostró gran interés por la música y la poesía desde su niñez, pero fue en los años universitarios cuando entró en contacto con la llamada música folk y con la canción protesta. Frecuentaba los locales nocturnos en los que se interpretaba esa música y pronto empezó a actuar en ellos, pero necesitaba un nombre artístico y fue en la gran admiración al poeta estadounidense Dylan Thomas, de donde adoptó el mote Bob Dylan.

En 1961, abandonó los estudios y se trasladó a Nueva York, decidido a dedicarse por completo a la música. Empezó a cantar en los cafés de Greenwich Village, y con sus guitarras, banjos, tambores y armónicas, iba de la mano con la expansión de los movimientos por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam, convencido de que con canciones podían combatir el comercialismo, la hipocresía, la injusticia, la desigualdad y la guerra.

Bob Dylan transmitía con sus letras de alto contenido poético mensajes que daban un nuevo sentido a la música popular. Sus canciones de protesta no sólo reflejaban los sentimientos de la gente hacia los temas contemporáneos, sino que los creaban, convirtiéndose en un líder para la juventud contestataria de su país.

En un momento en que los expertos e historiadores trataban de encumbrarlo como ídolo de la música folk, el blues y los movimientos de protesta, Dylan tomó su guitarra, la conectó a un amplificador y se puso a tocar con una banda de rock. Ese acto considerado como una traición a la música folk, disgustó a sus seguidores. La imagen de Dylan como cantautor comprometido y figura importante de la canción protesta cambió con “Highway 61 Revisited”, que incluye el tema “Like a Rolling Stone”.

A partir de ese momento exploró nuevos registros musicales y a lo largo de los setenta, después de sufrir un accidente de motocicleta en 1966 y no salir de gira durante ocho años, obtuvo un mayor éxito comercial con discos como Planet Waves, Blood on the Tracks y Desire, números uno en su país natal.

Para los ochenta, abrió una nueva etapa musical con su conversión al cristianismo y la lírica de sus canciones responde, en su mayoría, a sus inquietudes religiosas, adquiriendo una notable profundidad, y en los siguientes años, tuvo un regreso a sus raíces del folk.

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A lo largo de su carrera, Dylan ha recibido premios y distinciones: 11 Grammys, un Oscar a la mejor canción, el premio Pulitzer por sus “composiciones líricas de extraordinaria fuerza poética” y la “Medalla Presidencial de la Libertad”, la concesión civil más importante en Estados Unidos, otorgada por Barack Obama en 2012, además de un doctorado honoris causa por la Universidad de Princeton, y el Lifetime Achievement Award como reconocimiento a su trayectoria artística, Comendador de la Orden de las Artes y las Letras francesas, el Premio Príncipe de Asturias de las Artes y, finalmente, un polémico pero no menos merecido Premio Nobel de Literatura, que le fue otorgado en 2016.