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Considerado el paradigma del “homo universalis”, del sabio renacentista versado en todos los ámbitos del conocimiento humano, Leonardo da Vinci incursionó en campos tan variados como la aerodinámica, la hidráulica, la anatomía, la botánica, la pintura, la escultura y la arquitectura, entre otros.

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Sus investigaciones científicas fueron, en gran medida, olvidadas y poco valoradas por sus contemporáneos; en cambio, su producción pictórica fue de inmediato reconocida como la de un maestro capaz de materializar el ideal de belleza en obras de turbadora sugestión y delicada poesía.

En el plano artístico, Leonardo conforma, junto con Miguel Ángel y Rafael Sanzio, la tríada de los grandes maestros del “Cinquecento”, y pese a la parquedad de su obra, la historia de la pintura lo cuenta entre sus mayores genios. Por los demás, es posible que de la poderosa fascinación que suscitan sus obras maestras proceda aquella otra en torno a su figura que no ha cesado de crecer con los siglos, alimentada por los múltiples enigmas que envuelven su biografía, algunos de ellos triviales, como la escritura de derecha a izquierda, y otros ciertamente inquietantes, como aquellas visionarias invenciones cinco siglos adelantadas a su tiempo.

Leonardo da Vinci era hijo ilegítimo de un abogado florentino; se formó como artista en Florencia, pero gran parte de su carrera se desarrolló en otras ciudades italianas como Milán, en donde permaneció bajo el mecenazgo del duque Ludovico Sforza; o Roma, en donde trabajó para Julio de Médicis.

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Aunque practicó las tres artes plásticas, no se ha conservado ninguna escultura suya y parece que ninguno de los edificios que diseñó llegó a construirse, por lo que de su obra como escultor y arquitecto sólo quedan indicios en sus notas y bocetos personales.

La obra pictórica de Leonardo da Vinci es la que le hizo destacar como un personaje cumbre en la historia del arte. De la veintena de cuadros conservados, destacan “La Anunciación”, “La Virgen de las Rocas”, “La Santa Cena”, “La Virgen y Santa Ana”, “La Adoración de los Magos” y “el Retrato de Ginebra Benzi”, siendo el más célebre, sin duda, “La Mona Lisa”, retrato que al parecer tuvo como modelo a Mona Lisa Gherardini, esposa de Francisco Giocondo.

Todas sus obras son composiciones muy estudiadas, basadas en la perfección del dibujo y con un cierto halo de misterio, en las que la gradación del color contribuye a completar el efecto de la perspectiva; en ellas introdujo la técnica del “sfumato”, que consistía en prescindir de los contornos nítidos de la pintura del “Quattrocento” y difuminar los perfiles envolviendo las figuras en una especie de neblina característica.

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Interesado por todas las ramas del saber y por todos los aspectos de la vida, los apuntes que dejó escritos, de derecha a izquierda y salpicados de dibujos, contienen también incursiones en otros terrenos artísticos, como la música o la literatura. Según su criterio no debía existir separación entre el arte y la ciencia, como no la hubo en sus investigaciones, dirigidas de forma preferente hacia temas como la anatomía humana, la zoología, la geología, la astronomía, la física o la ingeniería.

En este último terreno fue donde quedó más patente su talento de precursor a juicio de las generaciones posteriores, ya que Leonardo concibió multitud de máquinas que no dio a conocer entre sus contemporáneos y que la técnica ha acabado por convertir en realidad siglos más tarde.

A partir de 1517 su salud, hasta entonces inquebrantable, comenzó a desmejorar. Su brazo derecho quedó paralizado, pero con su incansable mano izquierda, Leonardo aún hizo bocetos de proyectos urbanísticos. El 2 de mayo de 1519 murió en Cloux y su muerte fue también el comienzo de la dispersión y la pérdida de dos tercios de los cincuenta mil documentos originales multidisciplinarios redactados por él, aunque hay otros tantos que se conservan en el archivo de la Ciudad del Vaticano.