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La monarquía británica vivió el 29 de abril de 2011 la mejor fiesta de afirmación que podría haber imaginado.

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Ante dos mil 200 millones de espectadores de televisión en todo el mundo y miles de personas en las calles de Londres, el príncipe William, segundo en la línea de sucesión al trono, contrajo matrimonio con Kate Middleton, quien fue su novia durante una década.

Nunca una boda fue tan celebrada en los palacios y en las calles; este matrimonio ayudó a la Corona británica a cerrar crisis pasadas y mirar al futuro. El artífice de ello fue William, el hijo de Diana Spencer, cuya muerte llevó a la reina Isabel II a sus horas más bajas de popularidad, y en el que están puestas todas las esperanzas para que sea el rey del siglo XXI, que conjugue tradición con cercanía y modernidad.

La ceremonia en la Abadía de Westminster tuvo pompa, solemnidad y sentimientos. Una combinación perfecta para una boda real, en la que hay que conjugar lujo sin excesos, una pizca de emoción y cierta cursilería.

Fue una cita de grandes pamelas, sobrios trajes y uniformes barrocos. En la calle fue una fiesta espontánea. Cuando William y Kate pronunciaron la frase más esperada, “sí, quiero”, el gentío estalló en júbilo y aplausos. Se sellaba así una historia de amor universitario y los británicos ganaban una princesa, una figura que añoraban desde que Lady Diana los dejó.

En Kate, de 29 años, se apreciaba a una joven tímida pero con carácter que ha sabido entender lo que significa pertenecer a la Familia Real, una mujer que gusta a los británicos porque William la eligió siguiendo un guion muy distinto al que escribieron sus padres.

Diana, como quiso William, estuvo presente en la ceremonia. Se oyó su música favorita, en los bancos se sentaron sus amigos, como el fiel Elton John; acudieron los Spencer, hubo un hueco para los representantes de las ONG con las que Diana colaboró. Y, por si alguien no reparaba en todo ello, Kate lucía en su mano derecha ese anillo de zafiro y brillantes, el mismo con que el príncipe Carlos la pidió matrimonio a Lady Diana. Todo ello con la reina Isabel II como testigo y con Camila, ahora esposa del príncipe de Gales, sentada en un lugar destacado.

Con una puntualidad tan distintiva de los británicos, las campanas repicaron al llegar William a la abadía, vestido con el uniforme de coronel de la Guardia Irlandesa, junto a su hermano Harry, quien fue un perfecto padrino que le hizo más llevadera la espera. Mientras el príncipe aguardaba, por la alfombra desfilaron reyes, príncipes y mandatarios.

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La novia no se hizo esperar. Llegó en un Rolls-Royce acristalado en la parte posterior que le permitió saludar a quienes la vitoreaban, pero mantuvo el secreto mejor guardado: su vestido, de autoría de la casa Alexander McQueen. Su sencilla melena se adornaba con una diadema de Cartier que fue de la reina madre.

William y Kate se convirtieron en los duques de Cambridge por deseo de la reina. El príncipe y la ya princesa se subieron al State Landau y recorrieron las calles de Londres camino de Buckingham. Miles de personas aclamaron su paso y refrendaron su apoyo a esta pareja, en la que está depositada el futuro de la monarquía británica. Detrás, en su carroza,  la reina Isabel II volvió a sonreír y lo hizo otra vez cuando acompañó a los novios en el balcón donde se dieron dos besos breves y tímidos. Entonces su parecido con Diana fue aún mayor.