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Hasta el 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos solo había vivido un atentado terrorista en suelo americano de gran magnitud como el que sufrió Oklahoma City. Para sorpresa de muchos y a diferencia de aquel “Martes negro”, no se trató de un ataque islamista sino de terroristas autóctonos antigubernamentales.

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Oklahoma City está situada en el corazón de Estados Unidos pero está muy alejada del acontecer mundial, pero eso no impidió que fuera objeto del ataque más mortífero hasta entonces y el peor, solo por detrás de los atentados del 11-S , pero también el más olvidado al día de hoy.

Aquel 19 de abril de 1995, apenas dos minutos después de las nueve de la mañana, los cristales del edificio gubernamental Alfred P. Murrah vibraron y comenzó el fuego.

Los socorristas pensaron en primera instancia en una fuga de gas o algo parecido, pero pronto se puso en evidencia que se trataba de una catástrofe provocada por la detonación de un camión cargado de explosivos que había sido estacionado frente al edificio.

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El camión había sido cargado con dos mil 200 kilos de fertilizantes y combustible y la explosión brutal, que se pudo oír a 89 km de distancia, dejó un cráter de nueve metros de ancho por 2.5 metros de profundidad, derrumbando la mitad del edificio y dejando un saldo trágico de 168 muertos, incluyendo 19 niños, y 680 heridos.

Noventa minutos después del atentado, el autor material, Timothy McVeigh fue detenido por un policía de la Oklahoma Highway Patrol, por portar ilegalmente una pistola. El policía lo paró en un primer lugar al no llevar la matrícula trasera en el coche. En ese momento todavía se desconocía la participación de McVeigh en el atentado.

En mitad del caos de la explosión, agentes federales realizaron las primeras investigaciones y gracias al rastro del camión, que había sido alquilado con documentación falsa, se pudo tener una descripción del sospechoso y realizar un retrato hablado del mismo. McVeigh no había actuado solo, tenía un cómplice llamado Terry Nichols.

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McVeigh había escogido cuidadosamente su objetivo y había viajado miles de kilómetros para encontrarlo. Un edificio en Oklahoma City parecía ser el blanco ideal, porque la capital de ese estado alberga muchas oficinas de las autoridades federales. El gran estacionamiento frente al edificio Alfred P. Murrah le parecía a McVeigh un lugar perfecto para las cámaras de la prensa internacional.

Las averiguaciones sobre McVeigh permitieron saber que se trataba de un exmilitar de ideología antigubernamental, apasionado de las armas. La excusa para su ataque al gobierno era la limitación del derecho a la tenencia de armas y la tragedia del rancho davidiano de Waco, Texas, ocurrida en 1993, fecha coincidente con el asalto final y posterior incendio del sitio.

Que un atentado de las dimensiones del de Oklahoma City fuese planeado y ejecutado tan sólo por dos hombres sigue siendo, junto a otras interrogantes sobre la investigación, motivo de toda clase de teorías de la conspiración.

McVeigh consideraba al Gobierno su enemigo, y cuando fue arrestado el mismo día del atentado mientras huía hacia el norte, vestía una camiseta en la que aparecían el presidente Abraham Lincoln y los lemas “Sic semper tyrannis” (Así siempre a los tiranos) y “El árbol de la libertad debe refrescarse de vez en cuando con la sangre de patriotas y tiranos”.

McVeigh fue condenado a pena de muerte por la Justicia de Estados Unidos, la cual se ejecutó en 2001, mediante inyección letal, siendo la primera pena capital aplicada directamente por el Gobierno federal en 38 años, una medida excepcional para responder públicamente a uno de los episodios más trágicos de la historia reciente de ese país que, más de 20 años después, ha caído en el olvido.