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Escritora, filósofa, novelista y feminista, Simone de Beauvoir fue la encarnación misma de la gran pensadora y de la mujer libre. Su relación amorosa e intelectual, aunque no exclusiva, con el filósofo existencialista Jean-Paul Sartre, le valió también una profunda admiración, así como las críticas más acérrimas, en una época de grandes limitaciones para las mujeres.

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Contra todos las camisas de fuerza culturales y sociales, Simone de Beauvoir asumió su libertad. Más que eso, estudió minuciosamente las estructuras sociales y el sexismo de su época, que condenaban a las mujeres a la sumisión, en una obra que desde entonces está considerada como una referencia: “Deuxième sexe” (“Segundo sexo”), en donde también critica la pasividad del género femenino.

Nacida en el seno de una familia burguesa, destacó desde temprana edad como una alumna brillante, y desde pequeña se le robó el derecho a expresar su deseo. Un contexto social represivo y un ambiente familiar decadente amenazaban con aplacar una personalidad arrolladora. Es ahí donde nace su rebeldía y la necesidad de contarle al mundo que una mujer también tiene derecho a desear.

No había terminado su padre, un amante del teatro y de la buena literatura, de censurar la trayectoria de Simone cuando ésta ya había roto todas las barreras académicas: se graduó en filosofía y se convirtió en una de las mentes más brillantes de Francia. Por su camino se cruzó otra de las grandes mentes del siglo XX: Jean Paul Sartre. La inquietud intelectual de Simone se complementó a perfección con la sabiduría del escritor parisino.

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Ni el declive de su apellido, ni el panorama social, ni las trabas que la vida errante de Sartre traía consigo, pudo detener el desarrollo de la idea con la que Simone de Beauvoir había crecido: la libertad como principio en cualquier relación humana.

Desde sus primeros párrafos, la obra de Simone de Beauvoir está orientada a traducir la libertad que su vida personal le había dictado. Empezando por los pequeños textos escritos durante la Segunda Guerra Mundial y terminando por la magnífica Los mandarines, la primera fase de su carrera literaria se basa en la independencia intelectual, en una conciencia férrea y en un firme deseo de libertad que desembocaría en un existencialismo feroz.

Es así como se gesta quizás el ensayo feminista más importante del siglo XX: “El Segundo Sexo”, bautizado por algunos como la “Biblia del feminismo”, en el que abogó por librar a la mujer de la cárcel en la que se ha visto encerrada y afirmó rotundamente que el papel secundario que la mujer desempeña sólo es justificado por la sociedad y no por la naturaleza del ser humano.

Aportó datos biológicos, psicológicos, sociológicos, todo un tratado en favor de la independencia de la mujer. Sostuvo que la lucha para la emancipación de la mujer era distinta y paralela a la lucha de clases, y que el principal problema que debía afrontar el “sexo débil” no era ideológico sino económico.

Sartre se había despedido de Simone legando todo su patrimonio a su hija adoptiva. Destruido por el alcohol y las drogas, el filósofo había buscado el camino del agravio con la que había sido su mejor compañera. A Simone le quedaba un último conflicto con el que lidiar: demostrar que no era cierto aquel desapego con el escritor del que todo el mundo hablaba. Así publicó “La Ceremonia del adiós”, donde expone por última vez el existencialismo ateo del que Sartre había renegado en la recta final de su vida.

Después de eso, siguió siendo ella, la gran luchadora, la misma a la que no le habían permitido desear, hasta el 14 de abril de 1986, cuando decidió también partir. Fue enterrada en Montparnasse, junto a su querido Sartre, pero dejó el legado de la gran musa del feminismo y de su pluma que, por mucho que lo intentaron, no consiguieron callar.