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Todos conocemos a alguien que parece estar siempre insatisfecho, para quien la vida no parece cumplir nunca sus expectativas, personas a las que la palabra “todo” se les hace “poco”. Si además esa persona somos nosotros mismos, sabremos también que esa insatisfacción crónica se acompaña de un importante abanico de emociones negativas, en las que la tristeza viene escoltada por sus primas-hermanas: la ansiedad y la irritabilidad.

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Todas las personas sufrimos de alguna u otra manera de un sentimiento de insatisfacción sana, que nos ayuda a seguir buscando, a intentar ser mejores cada vez y a progresar en nuestra jerarquía de prioridades, en busca de la autorrealización. Desde esta perspectiva, la insatisfacción es una emoción buena y necesaria, que nos impulsa hacia el crecimiento personal.

Sin embargo, algunas personas, lejos de manifestar un sentimiento de insatisfacción concreto suscitado por un determinado suceso, algo natural que todos hemos experimentado en alguna ocasión, presentan unos elevados niveles de frustración, que se mantienen en diferentes momentos de su vida, interfiriendo de manera significativa en todos los aspectos de la misma.

La causa más frecuente de la insatisfacción crónica son los problemas del estado de ánimo, aunque no es una regla; también hay casos en los que la persona no se siente realizada, o considera que lo que ocurre en su vida no persigue ningún objetivo concreto, bien porque ella misma no acierte a establecerlo, o bien porque otras personas o circunstancias le impidan conseguirlo, lo que traerá ira, frustración, tristeza y apatía.

Finalmente, existen personas para quienes la insatisfacción no está siempre presente, sino que aparece poco tiempo después de haber conseguido su objetivo. Este hecho, que podría parecer contradictorio, suele ocurrir en personas que tienen un pronunciado rasgo de búsqueda de sensaciones y que, por lo tanto, rápidamente se cansan de sus logros y pierden interés por ellos.

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Pero para distinguir a aquellos insatisfechos crónicos, hay que poner atención en estas áreas:

La charla autodestructiva

La conversación que mantienen consigo mismos, solo sirve para machacarse con sus propios errores: “Sabía que lo iba a estropear”, “No valgo para esto”, “No soy capaz”. Estas frases se convierten en su peor enemigo porque esta conversación interna les paraliza y no les deja avanzar.

Desconfían de todos y no esperan nada de nadie

Creen que el mejor modo de no decepcionarse es no tener expectativas ni ambiciones. Así nunca tendrán sorpresas desagradables. Esa actitud también les priva de las sorpresas agradables y de la buena gente que pueden encontrar si se muestran más abiertos.

La comparación negativa

Siempre miran lo que les falta o envidian lo que tienen los demás. Nunca miran lo que sí que han conseguido y lo que pueden conseguir. Sus comparaciones con el resto del mundo siempre les dejan en mal lugar y les hace sentirse blanco de una conspiración global contra ellos. Lo que creemos y pensamos sobre nosotros mismos nos hará sentir afortunados o desgraciados. Casi siempre depende de nosotros.

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Viven en el pasado

Todo tiempo pasado fue… anterior. La única utilidad que tiene el pasado es su capacidad para enseñarnos y darnos perspectiva para vivir el presente. Por lo demás, sirve poco lamentarse por lo que no se hizo o seguir viviendo según un tiempo que ya no volverá. Hay que mirar hacia adelante casi todo el tiempo.

Son expertos en repartir culpas

Si uno se dedica a culpabilizar a otras personas siempre encontrará quorum pero raramente encontrará soluciones. Aunque nos haya tocado relacionarnos con personas que nos hayan entorpecido el camino, debemos aprender que buscar culpables es un modo de desgastarse y distraerse de la búsqueda de las soluciones a los problemas. La clave reside en ser una persona proactiva y no reactiva.