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El micromachismo es una forma sutil de la violencia de género; suele pasar inadvertido, lo naturalizamos como algo normal, inocuo, que no causa ningún efecto. Lo cierto es que esta forma “invisible” de machismo lo que hace es perpetuar y profundizar las desigualdades de género.

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Vivimos el micromachismo todo el tiempo, en todos lados: en la calle, en el trabajo, en la escuela, con nuestros amigos, nuestros familiares y hasta en nuestro propio hogar.

Al igual que toda forma de violencia de género, el micromachismo no es algo propio de los hombres; son actitudes y pensamientos tan naturalizados en la sociedad que a veces surgen, incluso, desde las propias mujeres.

Muchos de estos comportamientos no suponen intencionalidad, mala voluntad ni  planificación deliberada, sino que son dispositivos mentales, corporales y actitudinales incorporados y automatizados en el proceso de “hacerse hombres”, como hábitos de acción/reacción frente a las mujeres.

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Otros en cambio sí son conscientes, pero todos forman parte de las habilidades masculinas desarrolladas para ubicarse en un lugar preferencial de dominio y control que mantenga y reafirme los lugares que la cultura tradicional asigna a mujeres y varones.

Los modos de presentación de los micromachismos se alejan mucho de la violencia física, pero tienen a la larga sus mismos objetivos y efectos: garantizar el control sobre la mujer y perpetuar la distribución injusta para las mujeres de los derechos y oportunidades.

En las relaciones sociales del día a día existen numerosísimos ejemplos de micromachismos. Uno muy común viene representado por aquellas situaciones en las que el hombre no se implica en las tareas domésticas o familiares porque “no sabe” o porque “ella lo hace mejor”.

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Dada su casi invisibilidad, van produciendo un daño sordo y sostenido que se agrava en el tiempo, sin poder establecer estrategias de resistencia por desconocer su existencia. Algunos de los efectos causados por los micromachismos son sentimientos de incapacidad, impotencia o derrota, con deterioro  de la autoestima, con aumento de la desmoralización y la inseguridad, y con disminución de la autocredibilidad de las propias percepciones, con una  actitud defensiva, provocativa o de queja ineficaces.

Gran parte de la eficacia de los micromachismos está dada no sólo por su  imperceptibilidad, sino también porque funcionan sostenidos, avalados y naturalizados por la normativa patriarcal de género.

Dicha normativa no solo propicia el dominio para los varones, sino también la subordinación para las mujeres, para quienes promueve comportamientos “femeninos” como pasividad, evitación del conflicto, complacencia, servicios al varón y necesidad de permiso o aprobación.

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Pero, ¿qué se puede hacer para erradicar progresivamente los micromachismos? Primeramente es necesario trabajar en una doble vía, con profesionales que ayuden a conocer y detectar los micromachismos y sus efectos en la mujer. Por otro lado, habría que trabajar tanto mujeres como hombres para desactivar tanto la producción de micromachismos como los efectos que causan. Para ello, es necesario lograr que ellos puedan estar dispuestos a una autocrítica sobre el ejercicio cotidiano del poder y a reconocer el efecto de dicho ejercicio en las mujeres.