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Una elección implica realizar un deseo parcial: se puede conseguir algo, pero se renuncia a otra cosa.

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Tras la tendencia a no decidir se encuentra el deseo de no descartar ninguna posibilidad, de tener un poder ilimitado. No se aceptan los límites propios. Por no arriesgarse a vivir lo posible, los indecisos se oprimen en ideas que les paralizan y no les dejan disfrutar de lo que pudieran elegir. Para ellos, siempre acaba siendo mejor lo que desecharon que lo que consiguieron.

La vida cotidiana está llena de pequeñas decisiones, pero también de aquellas que pueden marcar el rumbo de nuestra existencia. No obstante, hay personas que se las arreglan para que otros decidan por ellas. Así, alienadas por deseos ajenos, adoptan una posición pasiva y en apariencia cómoda, pero enormemente destructiva. No tomar decisiones implica vivir bajo la idea inconsciente de que no hay que renunciar a nada. Se trata de una posición infantil, pues el niño evita enfrentarse a sus limitaciones para no perder la ilusión de que lo puede todo.

Decidir significa arriesgarse a fracasar, hacerse cargo de los deseos propios e intentar llevarlos a cabo. Para ello, hay que haber aprendido a ser libre y aceptar los efectos de nuestras decisiones. Aprender a decidir es, en alguna medida, haber aprendido a vivir.

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La persona con capacidad para elegir se siente viva porque se sabe dueña de su historia personal. Hay dudas que conviene tener en cuenta antes de tomar las decisiones más importantes, pero cuando alguien, después de valorar los pros y los contras, adopta una postura respecto a algo, significa que tiene una subjetividad bien asentada.

La subjetividad y la identidad se levantan sobre la aceptación de nuestras limitaciones y sobre el conocimiento de lo que debemos hacer para obtener lo que deseamos. Se alcanza la capacidad de tomar decisiones porque uno se siente dueño de su vida y cree que domina, hasta cierto punto, sus impulsos. Aprender a tomar decisiones está relacionado con aprender a ser adulto, tarea que nunca se completa del todo.

Las personas que toman decisiones toman partido por lo que consideran justo y no temen aceptar compromisos. Además, piensan que la opción que han elegido es la más adecuada y, si se equivocan, son capaces de aceptar sus errores de buen grado, sin olvidar que soportan la crítica porque dependen más de su opinión que de la externa.