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Con la evolución de las sociedades, y en particular de la mexicana, los roles dentro del funcionamiento familiar han adquirido nuevos significados. Ya no existen aquellos en los que el padre sólo ha sido visto como un objeto para la procreación, a comparación de la mujer que tiene que cargar con la responsabilidad de cuidar al bebé.

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La imposición social de los roles sólo ha sido una imagen en la que siempre se le ha dado más peso a la madre. La creencia popular ha determinado que entre hombre y mujer, el primero no cuenta con las mismas capacidades de crianza para el hijo, por lo que se asegura que la mujer siempre tiene la razón.

Los roles aprendidos como estereotipos en la sociedad no dan buenos resultados en la convivencia familiar y menos hablando de responsabilidades, porque el padre no sólo funge como proveedor material y la madre como cuidadora. Actualmente, los roles han cambiado al grado de que el padre se convierte en el “amo de casa”, mientras que la madre sale a trabajar para proveer los bienes materiales que son necesarios.

Históricamente al hombre sólo se le ha visto, y así ha sido educado, como el progenitor que solamente fecunda al óvulo y tan pronto cumple se aleja, reduciendo así su papel a un simple proveedor económico y a un ser autoritario; sin embargo, la evolución del pensamiento social ha cambiado las tendencias de crianza en una nueva etapa en la que una vez que el hijo nace, el padre tendrá que cumplir una de las funciones más importantes en la crianza del pequeño y esto implica algo más que ser un simple proveedor de comida, techo o ropa como se le ha visto a lo largo de la historia.

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Dentro de los elementos que interfieren en la salud familiar está la dinámica interna del funcionamiento familiar. Cuando es armónica, hay cohesión familiar, comunicación, flexibilidad, claridad de reglas y roles, y un adecuado funcionamiento.

A pesar de todo, aún se observa que el modelo de padre proveedor, autoritario y distante sigue vigente en nuestra sociedad, y aunque actualmente hay hombres que han tratado de romper con este rol tradicional, existen barreras sociales y culturales que insisten en nulificarlos.

Es muy común hablar de instinto materno, es como si ser mujer fuera igual a ser madre, pero esa es una decisión de cada una y no necesariamente se tiene que cumplir dicho patrón. Ahora, en el lado opuesto casi no se habla del instinto paterno y desde ahí se empieza a descalificar y anular la capacidad del varón para el cuidado de los hijos.

Así muchos padres que siguen este papel tradicional viven una soledad, donde no pueden expresar su amor, ni compartir sus emociones con ningún integrante de su familia, ya que está de por medio su “masculinidad”.

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De igual forma encontramos que las mismas mujeres ponen en duda el valor de un padre, cuando dicen “éste es mi hijo yo lo parí, a ti nada te costó”. Él también forma parte de este proceso; sin embargo, otra cara de la moneda es que los mismos hombres se mofan de las actividades que deben tener como integrantes de la familia que también ayudaron a formar. Aunque no es de una manera directa, el hecho de que fuera del círculo familiar se den comentarios como “eres un mandilón”, afectan el razonamiento de él.

Las capacidades afectivas y sociales de crianza han cambiado junto con la evolución de la sociedad, en la cual los valores también toman un significado diferente para adecuarse a las nuevas necesidades.

En una relación familiar, ambos son igualmente importantes, ninguno vale más que el otro, porque tanto la madre como el padre forjan una educación que ayudará para el carácter de su hijo en el desarrollo, además de que la conexión en el triángulo familiar será más eficiente con buenos resultados.