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Cuando hablamos de cine de culto es imposible no nombrar a Luis Buñuel, uno de los directores de cine más importantes. 

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La obra de Buñuel es considerada una de las más destacadas y originales del siglo XX por su crítica social, su legado cultural y su forma de expresión surrealista, y es, además, esencial para entender no solo la mentalidad de la época, sino también parte de la cultura mexicana y sus tradiciones.

Nacido el 22 de febrero de 1900 en Calanda, España, Luis Buñuel estuvo contagiado del ambiente familiar y entró en contacto con los círculos intelectuales. Con el tiempo, el hombre que declaró “soy ateo, gracias a Dios” llegaría a ser el emblema viviente de un arte blasfemo e iconoclasta, se acercaría al ideario anarquista, ingresaría en el grupo parisino de jóvenes revolucionarios que abanderaban la estética del surrealismo y trabajaría al servicio de la República montando documentales durante la Guerra Civil española.

El filme “Un perro Andaluz”, rodado en París, fue un escándalo, pero también un éxito en ciertos círculos que lo aplaudieron como el gran cineasta de vanguardia del momento. De hecho, Hollywood se interesó inmediatamente por el prometedor y provocador director cinematográfico, pero Buñuel no se plegó a las tiránicas reglas de los productores y pronto abandonó la “Meca del cine”.

Ya en la década de los cuarenta, Buñuel llega a México, país que le acogió y el que demuestra más interés por su cine, posibilitándole crear una cinematografía personal. De hecho, aportó un cine de calidad, de autor, que no era algo a lo que México estuviera tan acostumbrado, con unos rasgos personales muy fuertes.

Regresó a España para dirigir “Viridiana” en 1961, igual que su otro film español, “Tristana”. La etapa final de su carrera fue francesa, y en ella analizó a la burguesía presentando una imagen completa de la destrucción, el engaño y la falsa apariencia.

Aunque en las últimas décadas de su vida pudo trabajar con mayor libertad y mayores medios en Francia, su obra completa se caracterizó precisamente por una formidable coherencia pese a todas las circunstancias adversas.

Hasta el último día de su vida fue leal a la fiera y ambiciosa estética de su juventud: “Yo quería cualquier cosa, menos agradar”. Pero también a un escrupuloso sentido moral, esa gran lección que Luis Buñuel quiso legar al mundo, porque, como él mismo decía, “la imaginación humana es libre, el hombre no”.