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Nuestra expectativa del “hombre ideal” ha contribuido a perpetuar roles de género denigrantes y encasillantes, lo cual no pocas veces ha derivado en conductas abusivas y desiguales.

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Por diversas razones, el problema empieza a gestarse desde la infancia; ya sea que lo veamos como algo gracioso o como algo que nos genera molestia, la realidad de los países latinoamericanos es que permanece una cultura que propicia el machismo. Y si el problema tiene su origen en la infancia, es justamente en este período en que debe ser atacado en aras de ser resuelto.

Es claro por qué las mujeres estamos cansadas de recibir un trato de segunda; está por demás tratar de explicar el cansancio que genera ser consideradas “tontas,” “inferiores”, “emocionales”, “intuitivas”, y otras cosas por el estilo, pero muchas veces somos nosotras mismas las que no sólo toleramos sino propiciamos que nuestros hijos crezcan con esta creencia acerca de la mujer.

Todas estas conductas igualmente dañan a los hombres al generar expectativas irreales: un niño acostumbrado a ser atendido por sus hermanas en la casa, crecerá pensando que su mujer deberá atender todas sus necesidades; un niño que crece disciplinado por un padre al que teme, tendrá enormes dificultades para aprender lo que significa estar en un rol de autoridad.

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Con el surgimiento del movimiento de liberación femenina, las mujeres pretendimos resolver la situación; pero, ¿realmente lo logramos? Ahora las mujeres tenemos más trabajo porque buscamos satisfacer nuestra necesidad de tener logros profesionales, pero continuamos cumpliendo con las funciones de esposa y madre, además de trabajar.

Y si pensamos que trabajando obtendremos el respeto de los hombres, ¡qué equivocadas estamos! La mayor parte de los puestos ejecutivos de alto nivel siguen siendo ocupados por hombres, independientemente de que las mujeres tengamos igual o mayor capacidad que ellos. Y cuando una mujer alcanza un nivel más elevado, frecuentemente se le adjudica que utilizó medios “sospechosos” para alcanzarlo.

Otro resultado triste de este movimiento es que, muchas veces, las mujeres deseamos ser tratadas como damas “a la antigüita”, pero los hombres se muestran confundidos con respecto a la manera de tratarnos.

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Si todos perdemos, ¿qué podemos hacer para remediar la situación? Tal vez podamos empezar por reconocer que el problema existe, a fin de analizar qué es lo que realmente deseamos transmitir a nuestros hijos.

Si quieres recibir respeto, debes empezar por darlo. Un niño que crece en un ambiente de respeto, aprenderá a ofrecerlo. Si quieres que los demás te respeten, debes comportarte de maneras que generen respeto.

Platica con tu pareja para que ambos tengan claro cómo quieren educar a sus hijos; tengan claridad con respecto a lo que desean transmitir.

El elemento fundamental no radica en exigir respeto por ser mujer, sino en ofrecer y esperar respeto como ser humano, único e individual.