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A fuerza de decir siempre sí y de querer ser el compañero de trabajo impecable, el amigo perfecto y la pareja ideal, olvidamos lo esencial: ser uno mismo.

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Encontrar el equilibrio entre la complacencia y la autenticidad pude parecernos imposible. No se trata de invalidar la amabilidad del código de conducta; se trata de deshacerse de esa cortesía de fachada que nos hace decir que todo va bien cuando no es verdad, que un plan nos entusiasma cuando desearíamos rechazarlo o que todo en la oficina marcha como nunca cuando lo cierto es que el estrés, la tensión y la frustración se cuecen juntos en la misma olla a presión.

A lo largo de nuestra vida, aprendemos a ser complacientes, a ocultarnos tras una máscara y a desempeñar un papel, y creemos que actuamos de forma natural, lo cual no siempre es cierto.

La autenticidad se cultiva. La buena noticia es que puede hacerse a cualquier edad. Se trata de poner en práctica el principio de la congruencia según el cual todo fluye en la misma dirección: lo que pienso, lo que digo, lo que hago, lo que muestro. Y eso supone también aprender a decir no, a negarse, a oponerse, a contradecir.

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Desde pequeños, sabemos que decir la palabra “sí” nos abrirá las puertas y siempre será bien recibida, pero cuando ese “sí” representa aceptar lo que no queremos, un compromiso que adquirimos por obligación, cuando esconde la imposibilidad de decir no, aparecen los problemas que se esconden detrás de esa palabra.

Para empezar, ser auténtico significa dejar de aparentar cosas en el trabajo. Dejar de fingir que puedes con todo, de asentir a cada petición de jefes o compañeros, de simular que estás de acuerdo con cada decisión que se toma, simular que no te suponen ningún problema esa reunión fuera de hora o ese cambio de agenda sin avisar.

Detrás de estas actitudes se esconde el temor a no cumplir con las expectativas, a no ser el empleado irreprochable, a que tu imagen profesional se deteriore y el miedo al despido; sin embargo, el mercado de trabajo ha cambiado y, frente a la caduca disciplina castrense, se cotiza al alza el valor de la asertividad.

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En cuanto a lo social, entre nuestro empeño, reconocido o no, de generar la envidia ajena a través de nuestro muro de Facebook, de quedar bien con comentarios eruditos o ingeniosos en Twitter, y de salir siempre guapos en Instagram, muchas veces nos costaría reconocernos a nosotros mismos.

El asunto del posteo perpetuo, de la persecución incansable de la aprobación ajena puede sonar a chiste, pero entraña el riesgo de convertir nuestra existencia en una vida vivida para los otros. Hemos adquirido la costumbre de disimular lo que nos sucede, con el fin de ganarnos el reconocimiento, la integración o una aparente comodidad, en lugar de manifestarnos tal como somos.

Por lo que toca a la pareja, tenemos miles de razones que nos impiden decir “no”; cada uno tiene las suyas para justificar que, en más ocasiones de las que sería deseable, tendemos a ceder, a callar, a ser complacientes  por evitar un conflicto, por tener la fiesta en paz, por no hacer sentir mal al otro, por miedo a no ser querido si mostramos nuestro verdadero parecer, por temor a desagradar si decimos lo que sentimos o nos negamos a algo que no queremos.

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Decir que “no” a la gente no es tan malo, solo hay que saber cómo hacerlo:

Tómate tu tiempo

¿Un amigo te pide dinero? ¿Un compañero te propone un cambio de turno? ¿Tu hermana pretende dejarte a los niños el fin de semana? A veces aceptamos porque damos una respuesta inmediata, pero no es necesario. Di que lo pensarás y valora los pros y los contras.

No te culpes

Tienes derecho a decirle a tu novio que no te apetece que vengan sus amigos y a no querer sacrificar tu tiempo de ocio. Destierra la culpa. ¡No van a odiarte por eso! Mentir no es necesario, ni mucho menos, dar explicaciones.

Prepárate y ensaya

Para que no te suenen ajenas, repite frases como: “Lo siento, no podré ir”, “Tengo muchas responsabilidades”, “Gracias por pensar en mí, pero no soy la persona adecuada…”.