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Vivir es sinónimo de dinamismo y evolución. Esto se traduce en la consabida sucesión de etapas que aprendimos en la escuela bajo el nombre de ciclo vital: nacer, crecer, reproducirse y morir. Quizás le deberíamos añadir envejecer, un periodo que, con los avances en higiene, alimentación y prevención de algunas enfermedades, se ha logrado prolongar de una manera satisfactoria.

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Sabemos muy bien que envejeceremos; sin embargo, a pesar de tal certeza, nos cuesta aceptar los efectos del paso del tiempo; toleramos mal el deterioro progresivo de las funciones fisiológicas o la pérdida de agilidad física y mental.

En la era veloz del “usar y tirar”, vivimos una exaltación de la juventud que, implícitamente, equipara el hecho de envejecer con pérdida o salir de la circulación. Lentitud suena a sinónimo de ineficacia, y se cree erróneamente que la sabiduría está en Google y no en la experiencia para aplicar la información adecuada en el momento preciso.

El aspecto físico no queda a salvo: parece que las arrugas dicen que uno deja de ser bella y quizá esto esté relacionado con la superficialidad progresiva de la sociedad. Entre cuidarse y obsesionarse, ¿dónde está el límite? ¿Medicamentos para no cansarnos tanto y poder seguir corriendo maratones? ¿Cirugías plásticas anuales para eliminar hasta la saciedad arrugas y flacideces inoportunas? ¿Productos para tener relaciones sexuales con el vigor de los veinteañeros?

Quizás el problema no sea estar a favor o en contra de los avances, sino que radica en el empeño vano de detener el ciclo vital porque lo marcan los cánones de la moda, como una forma de esconder ingenuamente la cabeza debajo del ala.

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En realidad, aceptar o negar la vejez depende del nivel de autoestima, es decir de la valoración que tenga cada ser humano de sí mismo. Si éste sabe cuánto vale, que es admirado, respetado, querido, que está en paz consigo mismo y que se preocupa por ser mejor persona, es alguien que no le importa que la vejez le llegue, sobre todo, porque con sabiduría ha aprendido a aceptar la realidad.

Este tipo de personas son las que a pesar de envejecer físicamente tienen un espíritu joven, se sienten jóvenes a pesar de estar en sus años dorados, pues siguen viviendo, disfrutando de todo lo que tienen, y aceptan que pudieron haber hecho más, pero no lo hicieron, y comprenden que lamentarse no les sirve de nada.

Las personas que aceptan la vejez como un proceso natural son gente que se acopla al medio con gran entusiasmo y equilibrio, sobre todo, viven lo que tienen por delante. No son amargadas, al contrario, siempre encuentran alguna lección que extraer a los acontecimientos de la vida cotidiana.

Generalmente realizan una actividad aunque no sea remunerada con la que contribuyen al desarrollo de su colectividad. Incluso están actualizadas en tiempo y espacio, es decir, saben en qué día están y conocen acerca de las noticias, fechas o celebraciones, pues siempre están activos, con proyectos que jamás terminan.

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Sin embargo, quienes no aceptan la vejez reniegan y la equiparan con la enfermedad. Nunca entendieron que los “achaques” son gajes del oficio. No buscan mejorar su entorno, adquieren hábitos insanos en cuanto a comida y aseo personal, se auto-aíslan, se desorientan y desperdician oportunidades y hacen causa común con los similares para lamentarse por un pasado aparentemente mejor.

Ver la vejez de este modo es un aprendizaje que debe empezarse desde jóvenes. Quizás se trate de vivir con intensidad y a conciencia, así como de saber adaptarnos a los distintos momentos vitales, porque si algo sabemos con certeza en la vida, es que nada es eterno y mucho menos la juventud.