Seleccionar página

Reconocido e interpretado por muchos, José Alfredo Jiménez trascendió fronteras y construyó una cosmogonía a través de sus letras, donde las penas amorosas encuentran refugio en el alcohol, sin importar si es una copa o toda una botella de tequila. La mujer, el más divino ser, pero la culpable de todos sus males.

pepe feyo 2

Él obtenía su inspiración de sus propias vivencias, las cuales plasmaba en sus letras con sencillez y claridad, teniendo inclinación por las desventuras amorosas, el desengaño, la borrachera y la autocompasión.

Dolores Hidalgo, la cuna de la Independencia de México, fue el lugar donde nació este compositor el 19 de enero de 1926, el cual fue dotado de una extraordinaria fecundidad creativa.

Siendo niño se trasladó junto con su familia a la “capital”, y a los 14 años compuso su primera canción. Pese a demostrar tempranamente su talento innato para la composición, el éxito tardó en sonreírle.

Durante su juventud ejerció los más variados oficios, desde el de futbolista en el Marte, un equipo de primera división en el que llegó a coincidir como compañero de equipo con Antonio “La Tota” Carbajal, hasta el de camarero en un restaurante en el que trabaría una amistad providencial con el hijo del dueño, a la sazón guitarrista del trío Los Rebeldes.

Precisamente con este trío, en 1948, cantó por vez primera en la radio, pero no fue hasta 1950 que comenzó a ganar celebridad gracias a su canción “Yo”, grabada por Andrés Huesca y sus Costeños, que sería el primer título de una larga lista de éxitos, entre las que se encuentran “El rey”, “Ella“, “No me amenaces”, “Amanecí en tus brazos”, “Paloma querida“, “Caminos de Guanajuato”, “Caballo blanco” y “Un mundo raro”.

Las letras de las canciones de José Alfredo Jiménez, esencialmente autobiográficas, describen con fuerza poética e impecable factura formal, no siempre acogida a la rima y la métrica, las experiencias de un hombre sensible, bohemio y enamorado que le canta al amor y a la vida, a su paisaje y su pueblo, y exalta orgulloso las gestas históricas de su nación.

En este proceso de creación, además de la voces privilegiadas que le grabaron sus discos, tuvo dos grandes aliados: el también compositor y arreglista Rubén Fuentes, artífice de los magistrales retoques finales de sus canciones, y el célebre Mariachi Vargas de Tecalitlán, el mejor en su género. Sin ellos, hay que advertirlo sin desconocer su talento, sus composiciones no habrían tenido el éxito que lo honra.

Fue así como sus canciones entraron a formar parte de la cultura familiar y social del público mexicano, y de las colonias hispanas de Estados Unidos y Europa, donde nunca falta quién se atreva a cantarlas en las serenatas y las reuniones, entre risas y copas.