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Cuando nos enamoramos de alguien suponemos que esa persona tiene cualidades extraordinarias, que es la mejor del mundo, al menos en la mayoría de los aspectos. No en vano se dice que el amor es ciego, pero de pronto la persona maravillosa y extraordinaria, se convierte en alguien común y corriente, pierde todas las virtudes que le veíamos, deja de atraernos y hasta puede llegar a convertirse en algo despreciable o en enemigo irreconciliable.

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Considerar que alguien es demasiado perfecto significa idealizarlo, y al idealizarlo, le atribuimos encantos que no posee. Así es como nos ponemos fuera de la realidad y ésta, tarde o temprano, toma la revancha. Es entonces cuando el velo de la ilusión cae para mostrar el crudo rostro de la verdad y entonces el mundo se nos viene abajo.

Posiblemente, la persona a la que idealizamos no merece ser colocada ni en un extremo ni en el otro; ni un dechado de virtudes ni una suma de defectos, pero la frustración que llegamos a sentir al advertir nuestra engañosa percepción puede deprimirnos y conducirnos a las conclusiones más extravagantes y exageradas.

Pero hay un problema más, y es que cuando idealizamos a una persona le otorgamos plenos poderes, haciéndola, prácticamente, dueña de nuestra vida. Llegamos a valorarla tanto que su opinión se convierte en palabra santa, inclusive cuando se refiere a nosotros. Aquí es donde el conflicto queda expresado con mayor gravedad, pues podemos convertirnos en títeres de su opinión y creer que somos como realmente esa persona nos ve y nos califica, aun cuando sea en detrimento nuestro.

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Al idealizar desmesuradamente a la pareja, nuestra relación con ella se desequilibra. Sobrevaloramos a la otra persona y al hacerlo, le damos el mayor peso e importancia. La consecuencia es que la convertimos no sólo en el eje de nuestra vida sino también en el árbitro de nuestras decisiones; entonces la idealización, que bien podría tener mucho de positivo mientras no sobrepase sus justos límites, se convierte en negativa.

Todo ese tiempo que estamos bajo los efectos de la idealización del amor será determinante para nuestra futura estabilidad emocional, así como para la continuidad o no de la pareja. Pasar de príncipe azul a sapo, o de princesa a bruja, no afecta sólo a la persona idealizada que sufre esa transformación radical, sino que el desajuste emocional producido por el paso de la ficción a la realidad repercute más en nosotros mismos.

Decepción, incomprensión, desánimo y desilusión son los sentimientos que aparecen una vez que termina el periodo de idealización. Si antes se han magnificado sus virtudes, ahora corremos el riesgo de exagerar sus defectos, así que se necesita mucha fuerza emocional para ver al amor con perspectiva. No dejemos que nos embarguen las emociones negativas y retengamos alguna de esas cualidades que nos enamoraron.

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Pero no intentemos mantener el ideal ficticio porque corremos el riesgo de convertirnos en una persona dependiente de ese supuesto amor perfecto. No es fácil competir con la perfección, y si nos encerramos en la idea de que esa persona es maravillosa, nuestra propia personalidad quedará anulada por su excelencia.

No nos engañemos; todos somos de carne y hueso, todos cometemos errores y tenemos defectos. Y a pesar de ellos, podemos seguir enamorados. Preguntémonos cuál es ese grado de idealización y si no lo estamos haciendo porque nos desmerecemos nosotros, pues muchos de los factores que frustran y conspiran contra la posibilidad de establecer una feliz y perdurable relación amorosa, aparecen cuando idealizamos exageradamente.