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La revolución científica del Renacimiento tuvo su arranque en el heliocentrismo de Copérnico y su culminación, un siglo después, en la mecánica de Newton; sin embargo, su más brillante representante fue el científico italiano Galileo Galilei.

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Más allá de sus aportaciones concretas, que lo definen como un eslabón fundamental en la revolución científica europea de los siglos XVI y XVII, la relevancia histórica de Galileo reside sobre todo en la introducción del método científico experimental, y también en su condición de símbolo: pese a su desenlace, el proceso inquisitorial a que fue sometido por defender el heliocentrismo ha pasado a representar el triunfo definitivo de la ciencia y la razón sobre el oscurantismo cultural y religioso de la Edad Media.

Nacido en Pisa, Galileo fue enviado un tiempo al monasterio de Santa Maria di Vallombrosa, hasta que, en 1581, su padre lo matriculó como estudiante de medicina, pero en 1585, tras haberse iniciado en las matemáticas fuera de las aulas, abandonó los estudios universitarios sin obtener ningún título, aunque sí había adquirido gusto por la filosofía y la literatura.

En los siguientes años escribió un texto sobre el movimiento, que mantuvo inédito, en el cual criticaba los puntos de vista de Aristóteles acerca de la caída libre de los graves y el movimiento de los proyectiles. Una tradición apócrifa, pero muy divulgada, le atribuye haber ilustrado sus críticas con una serie de experimentos públicos realizados en lo alto del Campanile de Pisa, desde donde dejó caer simultáneamente cuerpos de distinto peso para mostrar que todos llegaban al suelo al mismo tiempo, refutando con este simple experimento la por entonces sagrada autoridad de Aristóteles, que había afirmado, casi dos mil años antes, que los cuerpos más pesados caían más deprisa.

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En lugar de especular vanamente sobre las teorías de los sabios de la Antigüedad y los padres de la Iglesia, cuya veracidad nadie ponía en duda, Galileo partía de la observación de los hechos, sometiéndolos a unas condiciones controladas y mesurables en experimentos como el de la torre; de tal observación surgían hipótesis que habían de corroborarse en nuevos experimentos y demostrarse matemáticamente, pues, según un célebre concepto suyo, “el Libro de la Naturaleza está escrito en lenguaje matemático”.

Con este modo de proceder, hoy natural y en aquel tiempo nuevo y escandaloso por cuestionar conceptos universalmente admitidos, Galileo inauguraba la revolución metodológica que le ha valido el título de “Padre de la Ciencia Moderna”.

En 1592 inició un fructífero período de su vida científica: se ocupó de cuestiones de arquitectura militar y de topografía, realizó diversas invenciones mecánicas, reemprendió sus estudios sobre el movimiento y descubrió el isocronismo del péndulo.

En julio de 1609 visitó Venecia y tuvo noticia de la fabricación del anteojo, un rudimentario telescopio a cuyo perfeccionamiento se dedicó, y con el cual realizó las primeras observaciones de la Luna; descubrió también cuatro satélites de Júpiter y observó las fases de Venus, fenómeno que sólo podía explicarse si se aceptaba la hipótesis heliocéntrica de Copérnico.

En 1611 viajó a Roma, pero la profesión de copernicanismo contenida en el texto provocó una denuncia ante el Santo Oficio; en 1616, tras la inclusión en el Índice de libros prohibidos de la obra de Copérnico, Galileo fue advertido de que no debía exponer públicamente las tesis condenadas.

En esta época empezó a recibir ataques por parte de religiosos: creían que las teorías de Galileo iban contra la Biblia, ya que la religión contemplaba la cosmología geocéntrica. Finalmente, el cardenal Belarmino ordenó a la Inquisición una investigación sobre Galileo.

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El Santo Oficio abrió un proceso que terminó con su condena a prisión perpetua, pena suavizada al permitírsele que la cumpliera en su villa de Arcetri. Allí transcurrieron los últimos años de su vida, ensombrecidos por la muerte de su hija Virginia, por la ceguera y por una salud cada vez más quebrantada que acabó el 8 de enero de 1642.

El análisis galileano del movimiento sentó las bases físicas y matemáticas sobre las que los científicos de la siguiente generación edificaron la física clásica. Respecto al heliocentrismo, la leyenda le atribuye a Galileo Galilei la frase “Eppur si muove” (“Y sin embargo, la Tierra se mueve”) tras la forzosa retractación y que señala ya la naturaleza indomable de la evidencia científica que, incapaz de plegarse a un proceso inquisitorial, acabaría imponiéndose entre los astrónomos, gracias tanto a las observaciones de Galileo como a la coherente descripción de las órbitas elípticas de Kepler.

Todos estos esfuerzos culminarían un siglo después en la sistematización de la mecánica por obra de Isaac Newton: las tres leyes del movimiento y la ley de gravitación universal, que dedujo de las anteriores, daban cumplida explicación del movimiento de los cuerpos terrestres y de los planetas, logrando la unificación de la mecánica terrestre y celeste.