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Decir Kodak es hablar de un emblema corporativo, y es en sí una palabra con sentido propio que ha entrado en la vida privada de gran parte de la humanidad.

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Esta empresa lo inventó o patentó todo; desde la cámara portátil y barata, y la película en rollo, que fue clave, hasta la “point-and-shoot”, el primer sensor de un megapíxel de resolución y la cámara digital.

Kodak llegó a controlar la venta del 90 por ciento de película y el 85 por ciento de todas las cámaras y son dueños de mil 100 registros industriales, entre ellos todos los básicos para la captura y procesado de fotos y vídeo que usan el resto de fabricantes.

George Eatsman, el fundador de este imperio, no nació con la fortuna en la cuna. Era hijo de granjeros, sólo fue a la escuela hasta los ocho años, le recomendaron no continuar porque no estaba “especialmente dotado” para el estudio y vivió una infancia trágica.

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La obsesión por la fotografía de Eastman nació de una casualidad. Cuando tenía 25 años planeó un viaje a la República Dominicana y quiso llevar una cámara para documentar el recorrido. Cuando compró el equipo, se dio cuenta de que pesaba mucho y cada foto le saldría en unos cinco dólares, el equivalente al salario semanal de muchos empleados.

Aunque no llegó a hacer el viaje, el empeñó fue creciente; deseaba eliminar el fastidioso sistema de hacer fotos con placas de cristal humedecidas con químicos abrasivos y peligrosos. Pagó un curso para aprender a hacer fotografías y leía revistas sobre el tema. Así comprendió lo esencial de la emulsión de gelatina en el proceso de imprimir imágenes y comenzó a experimentar en la cocina de su casa, que convirtió en su laboratorio.

En 1871, Eastman había inventado una nueva emulsión, la plata en seco o emulsión de gelatina en plata, la que cobraría relevancia hasta el 4 de diciembre de 1888, cuando puso en el mercado la primera cámara con película fotográfica en rollo a base de ésta, Kodak nº 1.

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La cámara era bastante más liviana que otras que existían en el mercado, funcionaba con un rollo de película desplegable, con capacidad para tomar 100 fotos a un precio de 25 dólares y su eslogan era “Tú presionas el botón, nosotros nos encargamos del resto”. Lo complicado era que, para imprimir las fotografías, se debía enviar la cámara a Rochester y luego se le cargaba otro rollo.

La novedad se impuso y supuso la popularización de la fotografía, gracias a que se pudo extender a toda la población.

Ya en 1889, Eastman cambia el carrete de papel por uno de celuloide y unos años más tarde elimina la incomodidad de tener que devolver la cámara entera, al comenzar la comercialización de un carrete protegido que permite su colocación y extracción a la luz del día, sistema que se utilizó por muchos años, antes de la llegada de la cámara digital.