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En muchas familias la convivencia con los abuelos es frecuente, ya sea porque viven cerca, por gusto o por la necesidad de que ellos mismos cuiden a los nietos. 

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Cuando la relación entre éstos y el niño es constante, la influencia va más allá del afecto porque entran en juego otros factores como la disciplina y el manejo de la autoridad.

Resulta muy común que sean cariñosos y consentidores con sus nietos y, al mismo tiempo, sean exigentes, intransigentes y críticos con nuestro desempeño como padres. De pronto, la relación con los padres se convierte en un campo de batalla causado por el conflicto de autoridad o porque el rol como educador parece no importarles.

El papel de los abuelos en la familia está cambiando. Uno de los problemas que más alteran la relación entre los abuelos y los padres de sus nietos es la aplicación de los límites. En muchos casos, es muy difícil que ambas partes lleguen a un consenso. De un lado están los abuelos que, desde su experiencia, no están de acuerdo con las ideas de los más jóvenes; y del otro están los padres que no aceptan las intromisiones de los abuelos en la educación de su hijo.

El problema puede ir en dos sentidos: que los abuelos sean más consentidores que nosotros o que sean más exigentes. A veces resulta complicado saber quién tiene la razón, entonces surge confusión, ansiedad e incertidumbre en el niño por el doble mensaje que recibe y por el ambiente de enfrentamientos.

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Hay una distinción clara entre los papeles de los padres y de los abuelos con relación a los niños. Es natural que, en ausencia de los padres, los abuelos concedan algunos caprichos a los nietos y que adopten distintas reglas, pero para poder llegar a un acuerdo y los abuelos desempeñen el rol que les corresponde y no interfieran en la educación del hijo es necesario que:

– De la manera más atenta y cordial, hay que negociar, platicar y llegar a acuerdos sobre la educación de tu hijo. Hay que hablar sobre lo que está ocurriendo y sobre la importancia de que sigan la misma línea de educación. Se puede intercambiar opiniones y definir lo que para todos, pero principalmente para el niño, es lo mejor.

– No tiene nada de malo decir que si no ayudan, mejor se mantengan al margen. Habría que buscar un planteamiento para lograr que los padres o suegros no intervengan cuando uno lo haga, es decir, que no contradigan lo que decimos en presencia del niño. Si tienen algo que decirnos, hay que pedir que lo hagan en privado, dejando muy claro que son muy importantes sus comentarios.

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– Si hay poca cooperación de su parte, entonces se debe trabajar con lo que se tiene y empezar a restarle importancia a lo que ellos hacen o dejan de hacer. Es un momento en el cual, aunque ellos no apoyen, se tiene que seguir trabajando sobre la misma línea que se ha trazado y definido.

– Si nada parece funcionar y la influencia es perjudicial en términos de límites, reglas y formación del carácter, probablemente se tenga que restringir las visitas hasta que el niño haya adquirido los comportamientos deseados.

Lo fundamental es intentar, por todos los medios, llegar a acuerdos que favorezcan el desarrollo adecuado del hijo, independientemente de las necesidades y los caprichos de los adultos.