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En 1890, Oscar Wilde publicó una de las obras clásicas de la literatura universal: “El retrato de Dorian Gray”.

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La historia es más o menos conocida por todos; un hombre que vende su alma al diablo con tal de no envejecer y que un retrato lo haga por él. Arrumbado en un desván, el cuadro poco a poco se transforma y va reflejando los abusos y el paso del tiempo, mientras Dorian se mantiene joven y bello. La metáfora nos recuerda a esas personas que se encargan de cultivar un físico perfecto pero esconden un ser deteriorado.

A comienzos del siglo XXI, el doctor Burkhard Brosig retomó la anécdota para acuñar el término “Síndrome de Dorian Gray”. Este trastorno se caracteriza por un conjunto de síntomas de índole sociocultural donde la preocupación excesiva por la apariencia física y el rechazo a sufrir alguna deformidad en el cuerpo son los factores que la definen.

Tales síntomas van acompañados de una rotunda oposición y disconformidad ante el proceso natural de envejecimiento, como también de aceptar las demandas asociadas al desarrollo relacionado a la madurez emocional.

Brosig asegura que quienes actualmente padecen este trastorno enfocan su vida al ejercicio físico, al uso excesivo de productos cosméticos, anabólicos y procedimientos como aplicación de botox e inyecciones, todo con el afán de mantener una apariencia lozana, retardar el envejecimiento y conseguir un cuerpo perfecto.

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El bombardeo de los medios de comunicación, revistas y publicidad promoviendo juventud y perfección, es una clara señal que el atractivo físico es un factor predominante en la sociedad actual. Frente a esta situación, quienes padecen de una baja autoestima, inseguridades propias del desarrollo y cuadros depresivos desencadenados por las exigencias del entorno, se verán arrastrados por este cuadro.

Del mismo modo, el Síndrome de Dorian Gray se manifiesta en aquellos hombres que sienten un rotundo miedo al rechazo, por no cumplir con los cánones promovidos por una sociedad superflua, donde para escalar profesionalmente se exige ser guapo y mantenerse siempre joven.

Pese a que aún no existe un registro formal de esta patología, Brosig establece una serie de señales que presentan este tipo de personas:

– Presencia de signos de dismorfofobia, es decir, terror a la fealdad o distorsión negativa irreal o exagerada sobre la percepción de su imagen física.

– Negativa rotunda a aceptar el crecimiento y la madurez emocional.

– Abuso de tratamientos para el cambio de imagen, cuyas expectativas pueden ser erradas e irreales.

– Consumo de fármacos, entre los cuales destacan restauradores del crecimiento del pelo, medicación contra la disfunción eréctil, elevadores del afecto y dermatología cosmética en cualquiera de sus formas.

– Constantes trastornos de ansiedad y personalidad

– Conductas autodestructivas como el uso de medidas no saludables, generadas en gran medida por los intentos fallidos de alcanzar la perfección o la juventud eterna.

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En caso que este vacío narcisista aumente de forma cotidiana, llevando al paciente al abuso de psicotrópicos como también de ingesta de alcohol, es necesario que comience un tratamiento que lo ayude a salir de este estado que podría causar un serio problema en su vida.

Ser responsable en la utilización de los artículos de belleza disponibles en el mercado es el gran consejo que deben considerar quienes desean verse bellos y joviales, siempre optando por técnicas que no contemplen un riesgo para la salud física ni mental.