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La chía es una de las semillas que más popularidad ha ganado en los últimos tiempos. Junto con la quínoa y el amaranto, son los granos sagrados de las civilizaciones americanas antiguas y por sus propiedades nutritivas se consideran “los alimentos del futuro”, ya que podrían reemplazar a las proteínas de origen animal.

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Se trata de una semilla oval, rica en fibra, potasio, calcio, hierro y ácidos grasos omega 3, 5 y 9, y según nutriólogos, si se combina con el alimento de aves, su carne y sus huevos adquieren las propiedades de poder combatir el colesterol malo.

El problema de la chía es que si se la ingiere entera, sin masticar, pasa de largo por el sistema digestivo. En este caso, solo actúa como fibra sin que se aprovechen sus propiedades, por eso es mejor consumirla previamente molida en un molinillo o mortero.

Sin embargo, no puede ser ingerida entera por todas las personas, ya que hay algunas con problemas digestivos, por ejemplo, pueden tener complicaciones, como en los pacientes con disfagia o problemas de deglución, lo que incrementa el riesgo de que tengan que ser intervenidos de emergencia.

Por eso antes de consumirla, se deben dejar las semillas en remojo el tiempo suficiente para lograr su expansión máxima, para que esto no ocurra dentro del esófago y queden atascadas allí.

Por su propiedad de expandirse en el estómago hasta 27 veces su peso, se cree que las semillas de chía aumentan la sensación de saciedad y, por ende, ayudan a comer menos y así bajar de peso.