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El reloj marcaba las 08:15 de la mañana ese 6 de agosto de 1945 cuando un bombardero Boeing B-29 llamado “Enola Gay” lanzó sobre Hiroshima la bomba de uranio “Little Boy”. Justo 43 segundos después, cuando se encontraba a 600 metros del suelo, estalló en una bola de fuego de hasta un millón de grados centígrados, arrasando con casi todo lo que estaba a su alrededor.

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Nunca antes alguien había tomado una decisión así y al día de hoy, nadie más ha querido asumir semejantes consecuencias, pero ese día, la ciudad japonesa se convirtió en una sucursal del infierno, donde murieron 140 mil seres humanos, en nombre de “acortar la agonía de la guerra, para salvar las vidas de miles y miles de jóvenes estadounidenses”, según dijo en su momento Harry S. Truman.

Ni el anuncio de la rendición de Japón, el 15 de agosto de 1945, ni la firma de la paz, el 2 de septiembre de ese mismo año, permanecen grabados en la memoria como el 6 y el 9 de agosto, los únicos dos días en los que se ha usado la bomba nuclear.

Hace 72 años, cuerpos carbonizados flotaban en las aguas de Hiroshima, la otrora vibrante ciudad era consumida por el calor abrasador de ese ataque nuclear histórico. El olor a carne quemada llenaba el aire, mientras decenas de supervivientes con graves quemaduras se sumergían en los ríos para escapar del infierno. Muchos morirían a consecuencia de sus heridas en las horas y días posteriores, tumbados en el lugar donde cayeron a la espera de una ayuda que no llegó o de un simple sorbo de agua.

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A los supervivientes aún les esperaba una serie de aterradoras enfermedades provocadas por la radiación: sangrado de encías, caída de dientes y cabello, cáncer, nacimientos prematuros, bebés con malformaciones y muertes repentinas. Y, además, el rechazo de sus compatriotas, que temían contagiarse.

Los edificios de piedra sobrevivieron a las altas temperaturas, pero llevaban impresos, como un negativo fotográfico, las sombras de las cosas y las personas carbonizadas frente a sus muros.

Una vez firmada la paz y vuelta la atención de los japoneses hacia la reconstrucción del país se pensó en dejar Hiroshima desolado como un memorial funesto para la paz mundial, una advertencia contra los males de la guerra. Pero a partir de este episodio, la ciudad solo podía remontar y para los sesentas ya era una ciudad habitable, con los servicios básicos cubiertos, edificios levantados desde cero, con calles y puentes rehabilitados.

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Hoy tienen lugar en Hiroshima eventos y actividades diversas relacionadas con la paz mundial, ese concepto tan presente en esta ciudad que casi se diría que está sobredimensionado, si no fuera por la desolación en blanco y negro de las fotografías de hace 72 años, que justifican cualquier mensaje contra el olvido.