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Siempre hemos escuchado que si la crisis de los treinta, la crisis de los cuarenta, la crisis de los cincuenta. Hay crisis de todas las edades, pero muy difícilmente escucharemos a alguien hablar de la crisis de los veinte.

veintianeros

No hace falta perder el pelo o descubrir que nuestra piel es una cartulina de papel corrugado para descubrir el inevitable paso de los años. Los números redondos lo hacen a uno reflexionar, observando el pasado inmediato, tan contradictoriamente cercano y distante.

La crisis del cuarto de vida o del cuarto de siglo, está ampliamente reconocida en el mundo de la psicología. Se identifica con un momento de vértigo que se da entre los 21 y los 29 años, coincidiendo con la inmersión en la vida adulta y sus responsabilidades.

Tras dos décadas de estudio, los veinteañeros nos lanzamos a nadar sin flotador en un mar de responsabilidades, libertades y decisiones en el que, casi siempre, naufragamos. La confusión, la incertidumbre y el miedo al fracaso son los primeros síntomas del inicio en el mundo real, una vida adulta muy diferente a la que imaginábamos.

En esta etapa, hacemos honor a la expresión “ni fu ni fa”. No somos niños ni mayores; somos trabajadores pero nos llaman becarios; vivimos entre la nostalgia del pasado, la inseguridad del presente y la incertidumbre del futuro; nos dicen que “se nos pasa el arroz”, pero que estamos “en la flor de la vida”; nos preguntamos dónde estaremos dentro de un año y ni siquiera sabemos dónde estamos hoy.

crisis de los 20

Este estado no es divertido y nos crea inseguridad, por eso empezamos a sentirnos apáticos con la vida, pues no es lo que esperábamos, pero ya es tarde para negarnos a crecer y para aplazar las decisiones.

La crisis de los veinte nos regala un periodo de reflexión en el que sobre todo analizamos el trabajo, la pareja y los amigos. Sobre estos tres ejes nos cuestionamos si el lugar en el que estamos coincide con el lugar en el que queríamos estar.

Las relaciones de pareja son más maduras, estables y profundas. De repente, nuestra pareja no es eso que usábamos para entretenernos cuando nos fallaban otros planes. Ahora lo es todo: es nuestro nido de amor y cariño, forma parte de nuestra familia y se transforma en nuestra mejor amistad. Empezamos a plantearnos temas más serios que hace nada quedaban a años luz. Ya no es tan ridículo pensar en hijos, casa y boda, aunque sea a largo plazo.

Si no tenemos pareja, nuestro interior conspira para encontrarla porque de otra forma nos sentimos fuera de lugar, como si no encontrásemos nuestro sitio, como si realmente se nos estuviese “yendo el tren”.

pareja veinte

Vivimos de prisa, creyendo que es el momento de tener hijos y comprarnos una casa, simplemente porque la sociedad nos dice que tiene que ser así. Recibimos constantes mensajes de presión social que nos agobian en una etapa difícil como el típico “yo a tu edad ya me había casado y tenía tres hijos”.

Ante estas presiones, tenemos que tener claro que “agarraremos el tren” cuando en nuestro interior sea el momento oportuno. Es una decisión personal, no comunitaria ni que haya que tomar en público.

En suma, la crisis de los veinte es producto del miedo a hacernos viejos; sin embargo, no dejemos que los demás la subestimen y absorbamos todo lo bueno de ella porque es un paso más en el crecimiento como persona. La crisis es menos crisis si la miramos como un cambio y como una oportunidad. Es el momento de aprender del pasado, disfrutar del presente y crear el futuro.