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En otras generaciones, la educación llegaba acompañada de límites y prohibiciones que comúnmente despertaban la rebeldía en los jóvenes ante el autoritarismo de sus padres, pero con el paso del tiempo, éste ha sido reemplazado por el razonamiento y la convicción. Aún así, ¿cuáles son los límites a tomar en cuenta hoy?.

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Muchos expertos aseguran que el éxito de la educación no está en la imposición de normas absurdas, sino en que se debe trabajar con base en la reflexión, en saber por qué algo es correcto. Las normas deben ser concordantes con los valores que se deben vivir tanto en el hogar como en la escuela.

También hay valores que deben ser impartidos por los padres como primeros educadores, y posteriormente deberán ser reforzados en el colegio, tal es el caso de aquellas normas que están establecidas dentro de una sociedad, pero que no están escritas por ningún lado, sino que más bien obedecen a las costumbres y que se convierten en códigos de convivencia para regular las relaciones entre los actores de una comunidad.

Sin embargo, existen otro tipo de límites que nos capacitan para protegernos y nos permiten conocernos mejor a nosotros mismos, por lo tanto, nos ayudan a relacionarnos con los demás.

El poner límites nos ayuda a asegurarnos de que nuestro comportamiento es apropiado e impide que ofendamos a los demás o seamos abusados. Si hemos establecido límites normales, nos damos cuenta cuando estamos siendo maltratados, pero cuando alguien no tiene clara esta parte, no se da cuenta de que está siendo abusada física, emocional o intelectualmente. En este grupo podrían clasificarse las personas codependientes, quienes permanecen en relaciones abusivas porque no han sabido establecer límites a su comportamiento o al de los demás.

Sin duda, los límites ponen en orden nuestra vida, nos permiten tener una idea más clara de nosotros mismos y nos ayudan increíblemente a mejorar nuestras relaciones con los demás. Saber reconocer y establecer límites nos permite ubicar a los demás en su trato hacia nosotros.

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Los límites son sanos cuando nos protegen de la agresión indiscriminada, la mezquindad y la falta de consideración de los demás, todas situaciones a las que podemos vernos enfrentados en el duro y largo trayecto de la existencia.

Permitir que alguien abuse de nosotros o nos hiera, aunque sólo sea verbalmente, no implica que esa persona sea superior a nosotros. El único modo de lograr relaciones de respeto mutuo es marcar hasta dónde puede una persona penetrar en nuestro territorio y en qué punto esto pasa a ser una invasión.

Pero, ¿cómo hacer para reforzar los límites emocionales? Aprendiendo a ejercer nuestro derecho a decir “NO” sin sentirnos culpables, explicar lo que nos molesta, negociar cuando algo no nos parezca y acabar con las creencias que hemos adquirido a través de nuestra vida.

Si aprendemos a poner límites, eliminaremos la búsqueda de aprobación de los demás, donde se anteponen las decisiones, pensamientos y estados de ánimo para darle gusto a los otros.