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Esta frase expresa las inevitables alternancias que nos depara la vida: lo adverso y lo propicio, las satisfacciones y las penurias.

Cal y arena

Esta idea ha estado siempre presente en los seres humanos, como lo prueban otras expresiones del tipo de “las vacas gordas y las vacas flacas”, que registra el Viejo Testamento: eras de prosperidad y eras de pobreza que, según los egipcios, se sucedían cada siete años, una manera figurada de aludir a la fertilidad debida a las crecidas periódicas del Nilo y a las largas épocas de sequía que sobrevenían.

Cal y arena son imágenes tomadas de la construcción para señalar que lo grato y lo desagradable se complementan, que no es posible concebir una cantidad de lo uno sin un equivalente de lo otro. Quedaría por ver la eficacia práctica de este dicho con mucho de receta. La proporción usual, aconsejada por quienes saben de albañilería, es de una parte de cal acompañada de cuatro o seis de arena.

Aunque algunos autores sostienen que la frase completa es “una de cal y otra de arena, y la mezcla solo buena”, a la fecha, nadie ha aclarado todavía qué papel le cabe a la cal y cuál a la arena, cuál de ellas representa lo malo y cuál lo bueno en esta metáfora de ladrillos y argamasa. Pero esto en nada desmerece la sabiduría del dicho.