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El momento presente, ese único instante en el que todas las cosas suceden, encierra un verdadero tesoro de plenitud, alegría y paz que tal vez sólo hemos experimentado en algunas circunstancias excepcionales.

vivir el presente

El constante flujo de nuestros pensamientos, ese incesante diálogo interno que ocupa siempre nuestra atención, nos separa de la única y maravillosa experiencia real: vivir plenamente el momento presente.

Hay mucha gente que clama vivir el presente, que lo importante es el día a día, y no perder el tiempo y la energía en cosas que ya sucederán. En realidad todos vivimos en el presente. Es imposible no hacerlo y no podemos escapar de él, pero otra cosa es dónde está nuestra mente. ¿Cuántas veces nos ha pasado que nuestros pensamientos se ven interrumpidos por recuerdos del pasado o miedos del futuro?

Nos mortificamos por el pasado, reviviendo una y otra vez en nuestra mente acontecimientos negativos que nos han sucedido: una discusión con nuestra pareja o en el trabajo, un proyecto que salió mal, una circunstancia adversa. Nos arrepentimos de lo que hemos hecho, de lo que no hemos hecho, y de lo que hicimos pero podríamos haber hecho mejor. Pero también nos preocupamos por el futuro, con una visión catastrófica que adelanta acontecimientos negativos: ¿y si sale mal? ¿y si me ocurre algo malo? ¿y si salgo a la calle y me atropella un coche?.

A veces, especialmente cuando tenemos nuestra agenda repleta, nos vemos tentados a pensar en el futuro. En vez de prestar toda atención a la conversación que estamos teniendo, o las instrucciones que nos están dando, nuestra mente divaga hacia pensamientos ajenos al momento actual, como planificar nuestro día o lo que tenemos que hacer después. Eso lo hacemos, precisamente, porque queremos ahorrar tiempo y razonamos que hacer mentalmente dos cosas a la vez, hará que terminemos más rápido.

No obstante, no podríamos estar más lejos de la verdad. Como ya sabemos, “el que mucho abarca, poco aprieta”. Cuando no estamos completamente presentes al realizar una tarea, entorpecemos el proceso, tenemos que repetir las cosas que hacemos mal y generalmente, al final, tomamos más tiempo de lo normal. Hasta llegamos al extremo de angustiarnos por cosas que tal vez pudieran suceder y por eso no disfrutamos el presente.

Pero también a algunas personas el futuro no los agobia tanto, pero sí el pasado. Y esto es igualmente perjudicial, pues el ayer también puede convertirse en un verdadero ladrón de energía mental. O añoramos los viejos tiempos o nos mortificamos por lo que podría haber sido y así nos hacemos partícipes de un círculo vicioso: no gozamos el presente por lamentarnos por el pasado, pero tiempo después nos lamentamos de no haber gozado el entonces presente.

AQUI Y AHORA

Ante estos dos panoramas, debemos plantearnos si pensamos seguir así. El día de hoy es un regalo y no se trata de vivir nuestras vidas a medias porque nos estaríamos robando la posibilidad de vivir grandes experiencias y de hacer real contacto con los demás.

Esta práctica de ubicar conscientemente la atención en el presente, tan sencilla a simple vista, trae más beneficios de los que imaginas. El vivir en el ahora nos permite disfrutar de cada detalle y captar la “magia” latente en cada instante. En otras palabras, estar ubicados en el presente nos ayuda a vivir la vida plena e intensamente. De lo contrario, simplemente veremos pasar la sucesión automática e interminable de horas y días como un espectador pasivo.

Si aprendemos a concentrarnos en el trabajo que estamos realizando, en el momento en que estamos, y tomamos consciencia del lugar en que nos encontramos, también se nos hará más fácil relajarnos y preocuparnos menos. En definitiva, nos sentiremos más felices. Esta práctica hará que asimilemos con todos nuestros sentidos el encanto del lugar donde estemos y podremos asombrarnos de cada cosa, cada conversación, de las personas a nuestro alrededor y del momento tan hermoso que estamos viviendo. Simplemente aquí y ahora.