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Así suele llamarse al objeto, persona o entidad de la que proviene la riqueza o el sustento fundamental. A veces, se expresa como “no hay que matar a la gallina de los huevos de oro”, caso en el que se advierte que no debe atentarse contra la fuente principal de ingresos de un hogar o de una empresa.

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Este concepto, en forma de frase popular, se genera de una de las fábulas atribuidas a Esopo, que años después sería retomada en España por Félix María Samaniego; y en Francia, Jean de La Fontaine la retomaría igualmente para escribir su propia versión.

La historia cuenta que una pareja de granjeros arruinados decide comprar una gallina. Para sorpresa de ambos, el animal pone huevos de oro. Ansiosos por obtener más frutos de inmediato, en lugar de esperar que el ciclo natural se cumpla, matan a la gallina para ver si en su interior hay más huevos de oro. Cuando descubren que no es así, caen en la cuenta de que mejor les hubiera valido conservar lo que tenían.

Moraleja: no nos debemos dejar llevar por la impaciencia y la avaricia, y que hay que respetar el ritmo natural de las cosas.