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Tláloc era la deidad de la lluvia, cuyo nombre proviene del náhuatl tlaloctli, “Néctar de la tierra”. Entre los zapotecos y totonacos se le llamaba Cocijo, en la Mixteca era convocado como Tzhui; los tarascos lo conocían bajo el nombre de Chupi-Tirípeme; y los mayas lo adoraban como Chaac.

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En 1903, Leopoldo Batres develó el misterio sobre la identidad de un monolito que se encontraba en las cercanías del pueblo San Miguel Coatlinchán, en la cañada de Santa Clara, y que años atrás José María Velasco había pintado pensando que era Chalchiuhtlicue. Se trataba de Tláloc.

Pero Tláloc era más que una piedra, era el sitio de referencia, el lugar ideal para hacer un día de campo al lado del descomunal monolito, era el motivo para que se hablara de Santa Clara Coatlinchán, era puro misterio anclado en la tierra.

Sin embargo, cuando el expresidente Adolfo López Mateos planteó a Pedro Ramírez Vázquez la construcción del Museo Nacional de Antropología, la historia de este monolito dio un giro. En 1964, hace 50 años, se decidió trasladarlo a la Ciudad de México para enmarcar al máximo recinto antropológico del país.

Fue el 16 de abril de 1964 cuando, después de una serie de travesías para su traslado, Tláloc por fin llegó a la Ciudad de México, siendo recibido curiosamente por ese elemento que representa: la lluvia.

Pero el tiempo y las inclemencias ambientales no perdonan, y después de 50 años de estar en el sitio, la figura ha sufrido deterioros menores, por lo que tendrá que ser sometida a un trabajo de restauración y conservación que estará a cargo de especialistas del Centro de Ciencias Aplicadas y Desarrollo Tecnológico (CCADET) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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En esta tarea colaboran los grupos de materiales y nanotecnología, análisis de imágenes y visualización, ingeniería de precisión y metrología, así como de micromecánica y mecatrónica, indicó en un comunicado la Máxima Casa de Estudios.

El proyecto de restauración y conservación va más allá de las capacidades del Museo, por lo que se pidió la intervención de especialistas de otras áreas, detalló el integrante del CCADET, Gerardo Ruiz Botello.

De forma adicional, el Instituto de Geología lleva a cabo estudios para entender la constitución petrográfica y mineralógica de la pieza prehispánica, agregó el académico.

Después de 50 años, la figura ha sufrido daños, por lo que es crucial determinar si esta merma implica pérdida de la información, explicó a su vez el integrante del Museo Nacional de Antropología, Sergio González.

Al impartir la conferencia Conservación del Tláloc de Coatlinchán, detalló que por ello se planea realizar un registro y dictamen para identificar causas, mecanismos y efectos del deterioro, para definir un mantenimiento y monitoreo a largo plazo.

Por lo pronto, se lleva a cabo un análisis por DRX, estudio en microscopio petrográfico de láminas delgadas y análisis por espectroscopía micro-raman.

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En tanto, el CCADET desarrolla pruebas con pastas de resane con andesita molida a nivel submicrométrico y con gel de óxido de silicio, que son alternativas de relleno y sellado de fisuras y poros grandes.

Entre las causas del deterioro, González García mencionó la filtración hídrica, la migración de sales, el arrastre de partículas y las eflorescencias salinas, la erosión por paso de agua y la exfoliación. También la contaminación atmosférica juega un papel importante, pues las reacciones químicas de materia extraña en presencia con el agua generan manchas oscuras en la superficie y la formación de una pátina acumulada a lo largo de cinco décadas.

La situación actual del monolito no amerita cambiarlo de sitio, sino tratamientos de conservación, como la limpieza superficial y eliminación de encharcamientos, indicó.