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Un aviador que acaba de caer con su avioneta en el desierto y un principito llegado de otro planeta constituyen el eje de uno de los relatos más famosos de la literatura mundial.

El-Principito-ñañú-otomí

“El Principito” se publicó el 6 de abril de 1943 en Estados Unidos. Su autor, Antoine de Saint-Exupéry, aprovechó para escribirlo durante una estancia prolongada en Nueva York, donde se exilió tras la invasión nazi de Francia.

Este libro siempre se ha considerado una obra infantil, pero sus páginas recopilan una historia plagada de metáforas que profundizan en los temas sobre los que el hombre siempre ha reflexionado: la vida, la amistad, el amor, entre otros.

Con el fin de conmemorar los 70 años de la muerte de Antoine de Saint-Exupéry, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) presentó la versión en otomí de la obra francesa más traducida de todos los tiempos.

“Ra zi ts’unt’u dänganda” fue el título más adecuado que el profesor y traductor Raymundo Isidro Alavez encontró para describir a este inocente e inmortal personaje infantil.

Los otomíes, de manera particular los del Valle del Mezquital, en Hidalgo, tienen así la oportunidad de acercarse y emocionarse con esta obra de la literatura universal en su lengua materna.

Entre los valores simbólicos que pueden unir a este libro, escrito originalmente en francés hace más de siete décadas, con los otomíes del Valle del Mezquital de hoy, están la presencia de la flor, que representa la vanidad de la mujer; el zorro, que es la imagen de la amistad, y la serpiente como recuerdo del peligro que los humanos corremos al vivir.

Luego de llevar al otomí una de las obras cumbres de la lengua española, “El llano en llamas” de Juan Rulfo, Alavez quiso también compartir con sus hermanos de lengua, la sabiduría que Saint-Exupéry dejó a manera de metáforas en una publicación que apenas alcanza el medio centenar de páginas.

Para ello, el traductor no sólo tuvo que adentrarse en la comprensión del francés, sino de otros libros escritos por Saint-Exupéry como “Vuelo nocturno” y “Tierra de hombres”, incluyendo algunos publicados de manera póstuma como “Carta a un rehén”, todos ellos reflejo de un hombre amante de la libertad y que supo cultivar uno de los bienes más preciados; la amistad.