Seleccionar página

Imaginemos que acabamos de pelear con nuestro mejor amigo o pareja. Ha sido una pelea de lo más tonta y es algo que ambas partes superaremos, pero en el momento, nos sentimos enojados y tristes. Cuando entramos a casa, alguien puede preguntarnos qué nos pasa y lo más seguro es que tengamos una conversación larga, o digamos que no nos pasa nada y nos dirijamos a la cocina para buscar algo dulce de comer, así sea helado, pastel o chocolate.

comer postre

Que sintamos deseos de comer chocolate, pasteles, donas, helados, etc. cuando estamos tristes es normal y tiene una explicación. Estos alimentos se conocen como alimentos anti-estrés y tienen la facultad de aumentar los niveles de los neurotransmisores serotonina, dopamina y adrenalina, en nuestro cerebro.

La llamada “comida emocional” es uno de los temas más comunes entre las personas de diferente raza y edad. Todos sabemos lo que es comer sin hambre. Los típicos pretextos que ponemos es porque estaba rico, o porque estamos solos, o porque estamos aburridos. Siempre hay una excusa, más aún cuando se trata de estrés.

Cuando nos sentimos nerviosos o tristes, tenemos que proporcionar placer y bienestar a nuestro cerebro. Para que esta respuesta positiva se dé, muchas veces nos inclinamos por alimentos dulces, ricos en triptófano, un aminoácido que contiene la serotonina, el cual al ingerir mayor cantidad de azúcar, aumenta y consigue penetrar la barrera hematoencefálica, gracias a la insulina que se produce.

Pero como en la actualidad se han incrementado las enfermedades relacionadas con el alto consumo de azúcares, lo mejor es sustituir esos “dulces gustos” por otro tipo de alimentos que también pueden aumentar nuestros niveles de serotonina, pero de una manera más sana. Algunos de los alimentos que contienen triptófano son los plátanos, la carne de res, el pavo o los frutos secos.

La buena noticia es que, además de ingerir alimentos ricos en triptófano, podemos desarrollar otra serie de hábitos sociales, alimenticios y deportivos que nos harán sentir más felices y nos mantendrán sanos. Si detectamos que, metafóricamente hablando, “estamos comiéndonos nuestros sentimientos” es hora de cambiar el chip.

Controlar la conducta de comer para manejar las emociones implica encontrar otras formas de afrontar las situaciones y emociones que hacen que una persona se refugie en los alimentos. Si somos de las personas que llegamos a casa por las tardes y automáticamente nos dirigimos a la cocina, sería bueno preguntarnos si realmente tenemos hambre.

Otra cosa que nos puede ayudar a controlar este tipo de consumo es realizar ejercicio a diario o tres veces a la semana. Desde andar en bicicleta hasta practicar natación o correr, el ejercicio que más nos atraiga, pero estar activos para no tener centrada nuestra atención solamente en la comida.

Llevar una dieta sana no implica quitarse aquello que disfrutamos, sino más bien controlar el consumo de aquellos alimentos por los que tenemos debilidad y saber balancearlos. Incluso, se pueden hacer comidas cinco veces al día para evitar dejar pasar mucho tiempo el estómago vacío. Lo mejor es adoptar una dieta equilibrada que incluya alimentos ricos en triptófano, fibra, ácido fólico, omega 3 y vitamina B: plátanos, avena, aguacates, espinacas, legumbres, lechuga, manzanas, salmón, atún, nueces y huevos.

Por último, si nos cuesta trabajo romper el ciclo de comer emocionalmente, podemos buscar ayuda. No es fácil, sobre todo cuando el hecho de comer emocionalmente ya ha provocado problemas de sobrepeso y de autoestima.

Aprovechar la ayuda que ofrecen los expertos pueden servir para afrontar las emociones, mientras que los nutriólogos pueden ayudar a identificar los patrones alimentarios y a seguir una dieta mejor. Finalmente, un entrenador físico puede guiarnos para que las sustancias químicas corporales que nos hacen sentir bien se activen a través del ejercicio en lugar de a través de la comida.