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La necesidad humana de descansar de la rutina se explica en la existencia misma del vocablo “vacación”. Esta palabra deriva del latín vacatîo o vacatîonis, y se refiere al descanso temporal de una actividad habitual, principalmente del trabajo remunerado o de los estudios.

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Al referirnos al origen de las vacaciones, tenemos que tener en cuenta que las hay de distintos tipos: de festividades tradicionales, ligadas a la religión como Navidad o Semana Santa, y otras que son más largas como las vacaciones de verano.

Se sabe que ya desde el tiempo de los romanos, los patricios y los funcionarios de la época hacían turismo en determinados sitios. Aprovechaban las calzadas que mandó construir el emperador Adriano en el siglo II para trasladarse en verano a la Galia y a Hispania.

En la Edad Media hubo visos de vacaciones, tal y como consta en “Las Partidas” de Alfonso X el Sabio. Los primeros en otorgarse a ellos mismos vacaciones fueron los jueces, debido a la poca actividad registrada durante el verano. Posteriormente, se sumaron miembros del clero, quienes al ser los encargados de la docencia en aquella época, fueron artífices de las vacaciones estivales entre los escolares.

La costumbre de salir a otro sitio distinto de donde se residía se hizo popular entre la aristocracia francesa a partir del siglo XVIII, cuando muchos de sus miembros se empezaron a desplazar a las campiñas. Este fenómeno supuso el inicio del turismo moderno, favorecido por la aparición de medios de transporte al alcance de todos como el ferrocarril, por lo que empezaron a incrementarse los desplazamientos y las clases menos pudientes tuvieron, por primera vez, la posibilidad de tomarse unos días de descanso fuera de sus pueblos y ciudades.

Pero a pesar de esto, no fue hasta 1920 cuando cundió la idea de que la verdadera vida no residía en el trabajo, sino en las vacaciones. El primer gesto gubernamental de que el trabajo exhaustivo merecía una recompensa se dio el 11 de julio de 1936, cuando el socialista francés Léon Blum instituyó en Francia la semana laboral de 40 horas.

El escenario político y social de ese país ante la acometida nazi, era entonces muy complejo; la política social de Blum despertó el optimismo de los trabajadores. Los empresarios, que temían el estallido de una revolución socialista, negociaron con el gobierno, y el 20 de julio de ese mismo año, el parlamento otorgó a los trabajadores 15 días de vacaciones pagadas.

El 10 de diciembre de 1948, en el artículo 24 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, el derecho a las vacaciones fue consagrado: “Toda persona tiene derecho al descanso, al disfrute del tiempo libre, a una limitación razonable de la duración del trabajo y a vacaciones periódicas pagadas”.