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La tartamudez es una alteración de la fluidez normal del habla que dificulta la comunicación social. Es una de las consultas más frecuentes del desarrollo del lenguaje en el niño y afecta aproximadamente a uno de cada 100 escolares.

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Como seres humanos, tenemos la habilidad especial de compartir nuestros pensamientos mediante el habla. Todo comienza formando un pensamiento en nuestro cerebro y de ahí, este pensamiento se transforma en un código que hemos aprendido y que llamamos lenguaje. Pero ¿qué pasa cuando este proceso no funciona perfectamente? Puede haber una interrupción o un corte en el flujo del habla.

Si bien es normal trabarse al pronunciar una o dos palabras de vez en cuando, una disfluencia se convierte en un problema cuando interfiere con la forma de hablar a diario, lo que puede llevar a una persona a tener dificultades expresando sus pensamientos y también a sentir vergüenza y frustración.

Tener un problema del habla puede ser vergonzoso y hacer sentir triste o tímido al niño que lo padece. Incluso, puede que decida que sería más fácil si no hablara tanto, y como suele ocurrir con otro tipo de problemas, ignorar las dificultades del habla no hará que desaparezcan.

Las causas de la tartamudez en los niños pueden ser diversas, sin embargo en muchas ocasiones es transitoria y desaparece por sí sola. En otros casos suele afectar durante años o volverse permanente.

En ocasiones se debe a un factor hereditario, es decir por algún familiar que haya padecido el mismo trastorno. Esto sucede en un 60 por ciento de los casos. Otra causa es por una descoordinación en el proceso cerebral del lenguaje, los músculos y zonas del cuerpo que se ven involucradas, pues no reciben de forma adecuada los mensajes emitidos por el cerebro. Esto puede provocar un incremento en la actividad y una mayor velocidad en el ritmo empleado al hablar.

¿Cómo actuar como padres ante esta situación? Antes que nada, no etiquetar al niño de “tartamudo”, no tiene que sentirse distinto por su problema, pero sí tiene que reconocer que existe una dificultad en el habla. No interrumpir cuando el niño hable, ni completar sus frases, ni mucho menos pedirle que hable despacio, pues todo esto lo angustiará y hará que se ponga nervioso, pero sobre todo nunca reírse de él.

A cambio de todo esto, podríamos dedicar todos los días 15 o 20 minutos para hablar con nuestro hijo a través de la lectura para que al final se pueda sostener una conversación, lo que fomentará en el niño tanto el hábito de la lectura como de la comprensión y le ayudará a mantener una plática sobre algo que le interese.

Hay que fomentar un clima de comunicación en la familia, que debe ser ser agradable y distendido, sin acribillar con preguntas al niño, ya que podría sentirse como puesto a prueba o pasando un examen; pero sobre todo, no hay que corregirlo si se equivoca. De este modo, él gana en seguridad y confianza. Es mejor contestar a lo que ha preguntado de forma correcta, con una buena dicción y despacio, que corregir sus errores. Debemos de ser modelos a imitar del habla que queremos que presente el niño.

También, debemos prestar más atención a lo que dice que a las faltas de fluidez; es decir no hay que mostrar preocupación ni desaprobación cuando se produzca una falta de fluidez.

Dar al niño todo el tiempo que necesite para hablar, estableciendo contacto visual: hay que esperar a que termine de hablar, sin mostrar impaciencia; además de darle oportunidad de expresarse con frases cortas y sencillas, adecuadas a su nivel de madurez.

Por último, si un niño es consciente de su tartamudez, lo mejor que podemos hacer es asegurarle que no es nada grave y que con el tiempo mejorará.