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Todos hemos sentido esa sensación de calor en la cara después de haber vivido una experiencia que nos avergüenza.

Sonrojado

Estudios han demostrado que a las personas no nos agrada sonrojarnos, por lo que el simple hecho de escuchar que nos estamos ruborizando provoca la misma reacción que pretendemos evitar.

Cuando nos sonrojamos, los capilares sanguíneos del rostro se expanden y provocan un cambio notable en el color de la piel, lo cual es más notable en personas de tez blanca. Sonrojarnos es una reacción que no controlamos y que no se puede evitar, una clara señal de las emociones de una persona.

Un estudio realizado por la psicóloga Corina Dijk, de la Universidad de Ámsterdam, en los Países Bajos, analizó cómo son percibidas las personas que se sonrojan. Mediante una adaptación del famoso caso del Dilema del Prisionero (un ejemplo clásico en la teoría de juegos que ayuda a saber qué hacer cuando el resultado de un problema no sólo depende de nosotros, sino de las elecciones de otros), descubrió que si a las personas se les muestra una fotografía de otra estando sonrojada, eran más propensas a confiar en ella.

Tras varios experimentos, Dijk encontró que las personas que están ruborizadas son juzgadas de mejor manera que las demás que mantienen un semblante serio.

Los resultados del estudio, publicado en la revista de la Asociación Psicológica Americana, sugieren que al sonrojarnos demostramos que admitimos nuestros errores y que nos adherimos a los valores sociales de un grupo, por lo que somos perdonados con mayor facilidad.

¡¿Qué tal?! Desafortunadamente, si ya estabas planeando qué hacer la próxima vez que necesites salir de un problema o solicitar disculpas por cometer un error, te recordamos que el acto de ruborizarse no se puede fingir, lo que lo convierte en una excelente y confiable señal.