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“Soy una tonta”, “Esa mujer se viste horrible”, “Todo mundo conduce muy mal”. Casi todos tenemos el hábito de criticar y juzgar, por lo que no resulta nada fácil deshacernos de él.

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Además, es un apego que es muy importante transformar, ya que jamás llegaremos a amarnos realmente a nosotros mismos si no dejamos atrás la necesidad de juzgar a los demás.

De pequeños, todos estábamos completamente abiertos a la vida. Contemplábamos el mundo con los ojos llenos de asombro. A menos que algo nos asustara o nos hiciera daño, aceptábamos la vida tal como era, pero al crecer, empezamos a aceptar las opiniones ajenas y a considerarlas como propias; y es así como aprendimos a criticar.

Quizá nos hicieron creer que para crecer y cambiar es necesario que uno se critique y juzgue a sí mismo constantemente, pero las críticas, ya sean de otras personas o propias, encogen nuestro espíritu. No hacen otra cosa que imponernos la creencia de que somos unos inútiles, y no hacen aflorar lo bueno que existe en nosotros.

Si reconocemos esto, nos será más fácil vivir sin expectativas sobre lo que nosotros y los demás “deben” o “no deben” hacer y a enfocarnos en lo que podemos hacer con nuestra vida para ser felices.

También, nos ayudará a que las expectativas de los demás no nos afecten, y así podremos vivir nuestra vida en libertad, sin sentir que hemos decepcionado a alguien. Por lo general, cuando alguien nos dice que lo hemos decepcionado, no es más que otra forma de decir “No estás haciendo lo que YO quiero que hagas o lo que creo que debes hacer”.

Está bien claro que la decepción no nos pertenece, ya que esas expectativas no son nuestras sino de la otra persona, y que nadie le obligó a tener, por lo tanto, es su responsabilidad y no la nuestra lo que elige sentir respecto a nuestros actos.

Lo mejor para poder vivir sin tanta preocupación, es no crear expectativas absurdas y permitámonos ser felices sin tantos condicionamientos que han sido impuestos en nuestra vida por los demás.