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En algunos animales como los cisnes, gansos y lobos, existe una hormona llamada vasopresina o “peptido de la fidelidad”. Esta provoca que, después del encuentro sexual, permanezcan juntos en cada ciclo de apareamiento.

Swans

La muerte de la pareja, lleva a estos animales al autosuicidio o a una vida en solitario. Por otro lado, aunque los humanos secretamos esta hormona, no lo hacemos en cantidad sufieciente y de manera constante, lo cual deja abierta la puerta para buscar otra u otras parejas. Las civilizaciones monogámicas, como la nuestra, lo son en base a relaciones intelectuales, no bioquímicas. La religión, la moral, las leyes y, sobre todo, la inteligencia ayudan a mantenernos con la misma pareja toda la vida, lo cual nos revela que la vida en pareja es un arduo ejercicio intelectual.

El organismo humano no ayuda ni a la fidelidad ni a cumplir el mito del amor romántico. El amor, concebido como el despliegue de un arsenal pirotécnico, no es eterno y se agota con el tiempo, sigue la ley de que “todo lo que sube, baja”; y aquí es cuando comienza la crónica del desamor.

El encanto se rompe y generalmente solo en uno de los dos componentes de la pareja, aunque ambas partes seguirán teniendo la necesidad de las alteraciones bioquímicas para obtener su ración de droga cerebral. Entonces, es posible que una parte inicie una búsqueda de emociones con terceras personas ya que el amor que sentía ha muerto. La parte todavía enamorada, por lo general, presenta un síndrome de abstinencia de las sustancias químicas del amor (oxitocina, dopamina, serotonina), el cual provoca depresiones y angustias, lo cual conlleva a un estado de enfermedad, conocido como melancolía, y que en los siglos XVIII y XIX, llevó a innumerables personas a “morir de amor”.

(Fuente: DGDC UNAM)