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¿Cuántas veces decimos que queremos hacer algo, pero de alguna manera, sentimos que no podemos? ¿Cuántas veces, al mirar hacia atrás, pensamos que hemos perdido algunas oportunidades? Y, ¿cuántas veces pensamos que otras personas tienen más suerte que nosotros porque han tenido una vida mejor que la nuestra?

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Las respuestas pueden ser tan variadas, como variadas son las formas de interpretar una misma situación. El fracaso está en la mente de cada persona y en su manera de interpretar los posibles resultados derivados de alguna acción.

El temor al fracaso, como la mayoría de los temores, es totalmente ilusorio e irreal, es la anticipación o visualización de un resultado negativo que aún no ha ocurrido, pero que se siente como si estuviese ocurriendo ahora y paraliza.

El miedo al fracaso es el temor a no lograr nuestras metas, objetivos o deseos. Pero el problema no está en el fracaso en sí. Éste sólo nos indica que el camino que elegimos no es el más adecuado y que es necesario buscar otra opción. En realidad, el problema está en lo que el fracaso significa para cada uno de nosotros y en la manera en cómo nos calificamos a través de él.

Nos da miedo fracasar porque nos sentimos impotentes y no nos gusta sentirnos así que, dicho sea de paso, lo asociamos equivocadamente con dolor, que es en realidad al que más miedo le tenemos. Pero también porque pensamos que el éxito y el fracaso son dos elementos que nos califican como personas, es decir, si tenemos éxito, somos personas valiosas. Por el contrario, si fracasamos, no valemos nada y la gente nos va a criticar y/o rechazar.

Grandes genios de la humanidad fracasaron durante su vida sufriendo indiferencia y miseria, y después de muertos, fueron reconocidos.

El fracaso disminuye la autoestima y provoca la aparición de desconfianza y duda sobre nuestros proyectos. Es como caer en el vacío porque nosotros éramos ese proyecto y nos quedamos sin saber qué hacer.

Debemos entender que los proyectos que emprendemos deben tener bases sólidas, realistas, coherentes y no deben abarcar demasiado; pero si nos sorprende el fracaso no hay que dejarse vencer por el desaliento. Asumir el fracaso y empezar de nuevo con tenacidad, fortalece. Se aprende más con los fracasos que con los éxitos porque nos obligan a analizar desde otra perspectiva los hechos que no han dado los resultados esperados.

Si bien es cierto, habrá descontento porque necesitamos que los otros nos confirmen lo que nosotros dudamos, pero la verdad sobre nuestro propio valor no se puede medir por todo lo que hacemos, porque somos mucho más que nuestras obras.

Lo mejor es ser honestos con nosotros mismos y actuar con honestidad dando lo mejor para el bien propio y de los demás, porque vale más la intención que el objeto.

Cada ser humano es único y la vida es una oportunidad para desarrollar el potencial con un estilo propio y una forma singular de expresarlo.

La mayoría de las personas fracasan en sus proyectos antes de tener éxito, pero lo valioso es el intento y seguir adelante, porque el fracaso no define nuestra personalidad que no debe sentirse subestimada por los obstáculos.

Conocer nuestras aptitudes y limitaciones es vislumbrar nuestro propósito y nuestras fronteras y el desconocimiento propio y la baja autoestima atentan contra nuestro desarrollo. Extraer de uno mismo lo mejor e intentar concretarlo, sin miedo al fracaso, es la mejor fórmula para vivir una vida plena.