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Aunque solo han pasado algunos días de este 2018, muchos de nosotros, quizá, hemos dejado a un lado nuestros propósitos; otros tal vez sigan muy entusiasmados en realizarlos. Lo cierto es que muchas veces no basta nada más con la buena intención.

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Los propósitos de Año Nuevo son algo muy común cuando iniciamos un año, y la firmeza de nuestros propósitos puede o no llevarnos a feliz término en el 2018, todo depende del enfoque que le demos a las mismas. Es muy común que nos emocionemos por la llegada de un nuevo año y queramos mejorar en muchos aspectos, y que, producto de la emoción, el furor y las ganas de mejorar hagamos miles de propósitos, lo que es muy bueno.

También, existe el otro lado de la moneda. Hay quienes se han prometido no hacer propósitos en el Año Nuevo porque sienten que es pérdida de tiempo, piensan que no es posible llevarlos a cabo y que sólo los harán sentirse más frustrados al final del año.

Diversos estudios concluyen que el 20 por ciento de los propósitos se pierden dentro de la primera semana de enero, y por lo menos el 80 por ciento se abandonan a lo largo del año. Pero, ¿por qué terminamos dejando de lado nuestros propósitos y no los cumplimos?

Muchas veces, nosotros mismos nos programamos desde el inicio para el fracaso, atrayendo el pensamiento de “todo o nada”. No hay un término medio, sólo los extremos: blanco o negro, éxito o fracaso.

Este tipo de pensamientos nos lleva a un efecto avalancha, que la mayoría hemos experimentado, permitiendo que una caída menor se convierta en una recaída mayor y dé por resultado un colapso total. Un ejemplo pueden ser las personas que hacen dietas. Por lo general, entendemos que hacer dieta es privarse de muchos alimentos, y de cierta forma lo es, pero nunca se ve como un estilo de comer. Es decir, el concepto está mal entendido, por lo que si en un momento, las personas asisten a un lugar en donde venden cosas que no son precisamente ensaladas o pescados, terminando por consumir alimentos que están fuera de lo “saludable” en ese momento, creerán que han roto la dieta y se sienten mal, cuando la realidad cuando uno adopta un estilo de comer, se puede dar por momentos un pequeño “lujo” sin sentir remordimientos.

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“La Ley del efecto” es la ley más importante en psicología. Es simple, dice que las acciones seguidas por recompensas son reforzadas y es mucho más probable que se vuelvan a repetir. Sin embargo, la mayoría hace justamente lo contrario. Concentra toda su atención en los retrocesos y se esfuerza muy poco en recompensar sus avances. Además, no solo eso, sino que se busca una especie de castigo. Volviendo al ejemplo de la gente que hace dieta, después de dos semanas de comer saludablemente y hacer ejercicio, se compran un helado, y en lugar de premiarse a sí mismos por esas dos semanas de sólido progreso, se castigan por causa de un retroceso menor.

No tener un plan también puede influir. La mayoría de las personas deciden llevar a cabo “X” en el año y no piensan mucho más acerca de ello. Al no aparecer en nuestra pantalla mental, muy probablemente, nos olvidemos muy pronto de ellos.

Hay que ser realistas. Tener demasiados propósitos aumenta las posibilidades de que desistamos en el camino. En cambio, si elegimos dos o tres que sean importantes para nosotros, nos ayudará a mantenernos concentrados en ellos.

Como decíamos al principio, la buena intención no es suficiente para lograr nuestras metas. Para llegar a buen puerto, es necesario actuar. La mayoría de las personas saben lo que tienen que hacer para mantener sus propósitos. Tienen el boceto para el éxito, pero no actúan lo suficiente como para lograrlo. No existe un gran secreto para lograr el éxito en la pérdida de peso. Sencillamente, quemar más calorías de las que se ingieren. Comer más verduras, observar las porciones que se sirven y hacer más ejercicio. No es difícil comprenderlo, lo difícil es hacerlo y mantener estos cambios de vida a largo plazo hasta que el cerebro lo toma como parte normal de un comportamiento. Mucha gente comienza bien, pero sus acciones no son suficientes para arraigar sus nuevos hábitos y hacer que los cambios sean permanentes.

Por último, hay que entender que la mayoría de las metas requieren tiempo para lograrse, por lo que hay que calcular el tiempo aproximado que necesitaremos para alcanzar nuestro objetivo. Incluso, es válido ponerse unas “mini-metas”, es decir, si decidimos bajar de peso, es mejor decir “quiero bajar un kilo por mes” que “quiero bajar 10 kilos” pero sin establecer un tiempo determinado. En el último caso, será mucho más seguro que uno desista a la primera de cambios que en el primero.

No hay mejor momento para empezar que el presente. Si nos esperamos para trabajar en nuestros propósitos hasta que encontremos el momento perfecto, nunca empezaremos. Determinemos qué es lo que necesitamos para empezar y arranquemos. Antes de que nos demos cuenta, estaremos celebrando nuestros éxitos.